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Lunes 22.12.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Sí a la guerra

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Tras oír o leer lo dicho por Obama en Oslo, está claro que el lema del Gatopardo sirve también para los presidentes americanos. Hay que cambiar un poco para que nada cambie. Es preciso maquillar levemente el discurso para que lo esencial permanezca invariable. Lo esencial es lo que aflora en ese speech, que podría haber sido pronunciado por cualquier mandatario anterior, demócrata o republicano. Se trata en resumidas cuentas de la defensa de una idea que todos los inquilinos de la Casa Blanca han compartido. El mal existe, y no se puede combatir sólo con invocaciones y plegarias. Es ahí dónde aparece la guerra justa, sin la cual Hitler hubiese triunfado, el Muro seguiría en pie y Al Qaeda sería más poderosa de lo que es. Pocos alegatos contra el pacifismo han sido tan contundentes como el que hizo Obama tras recibir el Premio Nobel de la Paz. No sólo es una demoledora crítica a los pacifistas contemplativos, sino de paso la réplica a la política entendida como un cuento de hadas en el que sólo es preciso agitar la varita mágica para conseguir buenos resultados. Obama se distancia del político que se inhibe al darse cuenta de que el mundo es como es y de que el ejercicio del poder requiere tomar decisiones. Esa conjunción astral que auguraba Leire Pajín entre el presidente español y el americano no se produce porque ambos giran en órbitas diferentes. Obama está en la misma que estuvo Reagan, al que alude con admiración en el discurso, o Kennedy, el demócrata que no cedió lo más mínimo ante el desafío de los soviéticos. La frontera que separa a la derecha y la izquierda al otro lado del Atlántico, nada tiene que ver con la nuestra. Allá, demócratas y republicanos no se diferencian en su pacifismo, sino en matices accesorios sobre cómo conducir las llamadas guerras justas. Bush junior es más tosco que Barack Obama, carece de su brillantez retórica para envolver decisiones belicosas. Habría enviado también a treinta mil soldados más a Afganistán, pero al no saber explicar bien la orden, se hubiera levantado un tsunami de protestas por todo el mundo tachándolo de genocida. Su sucesor hipnotiza primero a la opinión pública, para aplicar después la misma receta. He ahí la grandeza del sistema político americano: sustituye a los líderes gastados, manteniendo inalteradas sus grandes políticas. Y he ahí la ingenuidad de buena parte del progresismo europeo e hispano, al pensar que la llegada de Obama suponía una especie de arrepentimiento de los Estados Unidos y su conversión al pacifismo. El problema de toda esta corriente de opinión en la que se incluye Rodríguez Zapatero, es que han santificado de tal forma al mandatario americano, que ahora no queda más remedio que aplaudirle y mandar nuevas tropas que completen sus legiones. Como Clinton, Obama tiene bula para llevar adelante sus guerras. Las bombas son las mismas que arrojaban sus colegas republicanos, pero ellos han sabido explicar mejor su necesidad. Pocos habrían sabido involucrar en un discurso en defensa de la acción militar, a Martin Luther King y Gandhi. El presidente americano lo hace con soltura, mientras sus tropas libran combates abiertos o encubiertos en medio mundo. ¿No es admirable semejante habilidad?

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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