Lunes 22.12.2008
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De media mañana, me tomé un café con leche y un croasán en el Novelty. Sonaba un saxo tenor destacando sobre el resto de la música ambiental y supe que era el de John Coltrane. Lo supe no porque yo sea un entendido en música de jazz, que no lo soy, pese a que la amo, sino porque Coltrane murió en el 67, si bien recuerdo, llegando yo a Nueva York, como tantas otras veces, a bordo de un barco que habría de terminar sus días en Pakistán. Fue un verano sangriento, aquel del 67. Así le llamaron los periódicos. El verano sangriento de Newark. Yo lo viví, por equivocación, pero lo viví. Emergí del subway un par de estaciones antes de lo debido y tuve que llegar a los docks de New Jersey, al pier 42, de noche, silbando el We shall overcome, con mucho, muchísimo más miedo que vergüenza. Las calles estaban llenas de negros que a mí se me antojaron llenos de cólera cuando a lo mejor el único sentimiento que portaban era el de una resignación que los siglos no habían mitigado. Más tarde, de vuelta en Pontevedra, le amargué una conferencia a Torrente Ballester y, en Compostela, reñí con Ramón Piñeiro a cuenta de ellos... John Coltrane ponía su música de fondo.
Pensaba en todo ello, recordándolo, mientras me tomaba el croasán como nunca perdonará un francés, un buen francés, que alguien se lo tome: mojándolo en el café con leche. El croasan no era gran cosa, se lo tenía merecido. Antes de sentarme allí había pasado por la plaza de abastos salmantina. Es la única que conozco en la que venden pamplinas, Marujas les llaman ellos. Estuve a punto de comprarlas, pero ya no está mi madre para preparar una ensalada con ellas o freír una tortilla francesa de esas que les dicen a las finas hierbas.
Mientras sonaba Coltrane, su música, pensaba en los barcos, en las pamplinas y en mi madre; también en GTB, pero menos. No hacía falta, lo tenía enfrente. En el Novelty salmantino, un broncíneo y sedente Don Gonzalo, dialoga consigo mismo y con las sombras. Cada vez que voy a Salamanca me acerco a visitarlo. Si puedo me siento enfrente de él, en una de las dos mesas que hacen la esquina, según entras a mano izquierda, para poder observarlo a gusto y entablar esa conversación que sólo la memoria hace posible. Salamanca lo ha hecho suyo. ¿Y nosotros, sabremos hacerlo nuestro? Se cumplen ahora cien años del paso del cometa Halley y del nacimiento del escritor del que tantos tanto hemos aprendido y lo están celebrando en Salamanca, antes que aquí. Lo están haciendo suyo. Hacen bien. Yo les alabo el gusto. ¿Querremos hacerlo nuestro? Buena pregunta. Ahí la tienes, báilala.

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