Lunes 22.12.2008
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SI FUE CIERTO lo que se comentó ayer –aquello de que Fernando VII se creyó que había sido el clero, a base de oraciones, el responsable de la victoria sobre los franceses y tomó medidas, arbitró disposiciones y promulgó leyes que condujeron a lo que condujeron– no se pretendía, ni mucho menos, indicar que nadie pueda estar haciendo hoy oídos a los rezos de monseñor Rouco y acabe por llevarnos a una degollina económica o de cualquier otro tipo.
Lo que sí se podría deducir de lo escrito es lo proclives que somos los humanos a aceptar, antes las racionales, aquellas otras explicaciones de índole mágica que, por su sencillez y por el desembarazarse de responsabilidades propias que supone, nos lleve a aceptar los milagros en vez de conducirnos al esfuerzo que cada situación nos reclame.
No parece que esto que se propone pueda dejar de ser suscrito por nadie. Tampoco que ese esfuerzo deba ser exigido si la situación así lo reclama. Pero nadie negará tampoco que esa exigencia deba abarcar a todo, absolutamente a todo, el espectro social y a todos, absolutamente también a todo y cada uno de los componentes de ese espectro, en razón de su posición y responsabilidad y en la medida derivada de su posición en el mapa económico de la sociedad en la que nos inscribimos.
Lo que se ha visto hasta ahora mismo es que quienes más directamente están pagando la crisis son aquellos sectores que no sólo han influido menos en su gestación, sino que son los más desfavorecidos por las alegrías económico-presupuestarias de antaño sin que sea necesario empezar a señalar con el dedo porque ya todos sabemos a quienes nos referimos cuando hablamos así y, si no se supiese, no habrá más que acercar la oreja a cualquier grupo de personas que, en la cola de percepción del subsidio de paro, en los bancos en los que los parados entretienen sus ocios, las barras de los bares, las tertulias de los famosos tertulianos e incluso en las de los famosos en funciones de tertulianos, señalan a quienes es preciso y se diría incluso que obligatorio señalar.
Van pasando los meses y las medidas por las que clama la mayoría, aquellas que por fin se encaminen a reclamar sino la colaboración de esas gentes sí, al menos, su obligada concurrencia a las disposiciones de austeridad que a todos nos obligan, vemos que no son tomadas. Si Fernando VII tomó unas medidas que acabaron conduciendo al agitado siglo XIX que vivió España, lleno de levantamientos y asonadas e inhibidor del desarrollo industrial que impulsó a los países de nuestra área, pero no al nuestro, el que ahora no se tomen las que se reclaman podría conducirnos a un siglo XXI que mejor será no empezar a imaginárnoslo si no queremos precipitar acontecimientos que se podrían dibujar como absolutamente indeseables. Atención pues a los consejos de los consejeros. ¿Cómo hacerlo? Haciendo oír nuestra voz, alcanzado la capacidad de hacer oír nuestras razones al tiempo que plantemos nuestras necesidades, las de todos.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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