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LUIS POUSA

celtas sin filtro

Hay pillines y pillones

09.02.2010

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En las empresas suele haber un pequeño porcentaje de maulas. Ni que decir tiene que sus malas prácticas deben ser combatidas. Son una carga para las empresas -además de que obligan a sus compañeros de tajo a realizar un sobreesfuerzo- y uno de los argumentos preferidos de los enemigos del Estado del Bienestar para atacarlo.

Lo reseñable es que la inmensa mayoría de las personas ocupadas en España trabajan mucho, incluso a veces demasiado. Porque una cosa es trabajar mucho y otra cosa es trabajar bien, y esa es la cuestión principal por la que la productividad no aumentó como debiera en los últimos diez años. En España, la baja productividad no es un problema de actitud personal, es un problema de falta de reformas estructurales.

Con más de cuatro millones de parados, resulta una muy pesada broma que haya quien, como el costurero Adolfo Domínguez, reivindique el despido libre. Y lo haga con un argumentario ajeno a la realidad, pues en 2008 y 2009 las bajas por enfermedad han disminuido ostensiblemente y el absentismo laboral se ha reducido a la mínima expresión. Al igual que entre los trabajadores, también entre los empresarios hay maulas. AD sabrá que en el sector de la moda hay artistas muy creativos pero que no tienen pajolera idea de gestión empresarial, y sus imperios fueron (son) un fiasco y su cotización en Bolsa está como está. Nada que sea por culpa de trabajadores ni sindicalistas pillines, sino porque eses creadores tomaron pésimas decisiones, en términos de inversión y de apuestas (fallidas), por productos para mercados segmentados que no controlaban.

Algunos de esos diseñadores, mientras se rodeaban de glamur y codeaban con los famosos, pues ellos mismos se pirraban por ser centro de atención, y eran agasajados por conocidos escritores, mantenían en la economía sumergida a cientos de mujeres, que trabajaban a destajo y quemándose los ojos para recibir a cambio jornales de miseria.

Hay pillines y pillones; explotados y explotadores; y entre quienes exigen el despido libre, abundan los que tienen sus contratos blindados con unas cláusulas de rescisión elevadísimas.

AD es deudor de quienes desde el pensamiento neoliberal consideran que en esta crisis no hay que aportar recursos para planes de estímulo ni regular más los mercados. No. Para ellos la salida de la crisis debe ser una wageless recovery: una recuperación basada en un nuevo recorte de los salari0s reales (y no de forma temporal, que puede ser entendible), con el objetivo de llevar hasta el final la supremacía del capital sobre el trabajo. La cuestión es que hoy el capital es un factor de coste, un recurso financiero servido en su mayoría por los fondos de inversión. Un poder concentrado y opaco, cuyo errático camino de devino en una enorme crisis.

Como advierte Muro Benayas, "descargar sobre el trabajo el ajuste de la crisis es una temeridad", porque hundiría la demanda; porque hay que cambiar el modelo económico y hacerlo más intensivo en conocimiento para multiplicar la innovación y la productividad, lo cual es incompatible con la precaria y continua rotación de los recién licenciados y la expulsión sistemática de trabajadores expertos mediante prejubilaciones forzadas.

Pero, quizá los productos de AD no sean para trabajadores, pillines o no pillines.

LPOUSA@ELCORREOGALLEGO.ES

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