Lunes 22.12.2008
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Conocí a Hermann Tertsch hace 15 años, cuando vino a Santiago a descifrar los horrores de la Guerra de los Balcanes. Seguí su intervención con el mismo interés con el que leía sus columnas en El País. Lo despidieron del periódico cuando sus opiniones sobre la política antiterrorista del Gobierno comenzaron a ser incómodas.
Como saben, Tertsch ha sufrido esta semana una agresión brutal por la espalda. Atrás quedan los insultos y burlas que le han dedicado portavoces mediáticos de la izquierda radical que corea al Gobierno. Claro que hay milicianos en todas partes, pero estará conmigo en que eso no les hace mejores. Uno de ellos es José Miguel Monzón, más conocido como el Gran Woyming, un humorista de parte cuyas gracias siempre rebasan el buen gusto.
Hay quienes han intentado ligar esas agresiones televisivas con las patadas sufridas por Tertsch. Creo que es otro exceso, además de que resulte indemostrable que los escarnios de Monzón hayan desatado a la bestia callejera. Nadie le procesará por ser inductor de un delito. Sin embargo, no necesito la sentencia de ningún juez para saber unas cuantas cosas: que hay quienes utilizan el humor para agredir, los chistes para disfrazar la violencia; que hay personajes que no toleran la discrepancia y que no se paran en rebatir las opiniones contrarias: hay que vejar personalmente al que discrepa. Son demasiados y los encuentro en todas las cadenas, no sólo en La Sexta.
Es el ambiente guerracivilista que empapaba muchas publicaciones de la España del 36. En una de ellas, El Mono Azul, el gran escritor Rafael Alberti escribía una sección que llamaba macabramente A paseo. En ella, criticaba con saña a otros artistas tachados de reaccionarios. Muchos aparecían en una cuneta a los pocos días.

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