El Correo Gallego

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AILOLAILO

DEMETRIO PELÁEZ

Hogar, dulce hotel

02.09.2010 
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Nada hay que objetar a los últimos datos del IGE, según los cuales el 75% de los jóvenes de 18 a 29 años viven con sus padres porque no tienen recursos para independizarse, pero hay preguntas a plantearse al respecto. Porque cierto es que alcanzar la independencia no es un objetivo sencillo, pero igual de cierto es que muchos jóvenes no vuelan de casa porque, sencillamente, viven de puturrú en el hogar paterno y no les pone nada tener que irse a vivir a un pisejo de alquiler que a buen seguro carecerá de Internet, calefacción full time, tele de plasma y servicio completo de lavado, planchado y cátering.

Generalizar es tan absurdo como injusto, y sin duda infinidad de jóvenes realmente no pueden desatarse de los lazos paternos por estar en paro o por cobrar auténticas miserias. Sin embargo, seguramente la inmensa mayoría de ustedes conocen, en la misma familia o en el entorno más cercano, a algún miembro o miembra del sector quejica o carota que sigue viviendo a la sopa boba en casa de papaíto por simple comodidad y vagancia. Y seguramente les encantaría cantar las cuarenta al gandul de turno cuando narra que casarse le da pereza, que arrejuntarse ya no mola, que compartir piso poco céntrico con otros elementos de su especie no le pone en absoluto y que le resulta imposible vivir con solo mil euros al mes, dinero que prefieren no tirar en alquileres y sí en tunear el buga y tomar copas.

Hace tan solo dos décadas, los jovenzuelos de entonces estábamos deseosos de conseguir la independencia porque nuestros padres, poco dados a las gilipolleces, nos marcaban horarios rígidos, fijaban normas estrictas de conducta y no permitían bajo ningún concepto que sus casas se convirtiesen en un hotel en el cual cada uno hace lo que le pete y cuando le pete. Hoy, en cambio, a bastantes supuestos jóvenes de treinta tacos hay que echarlos de casa casi a escobazos. País...