Lunes 22.12.2008
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La semana pasada hemos asistido a una despedida triste en el Parlamento gallego: la del ex presidente Emilio Pérez Touriño. Se ha marchado un año después de haber perdido las elecciones con un sabor amargo, a pesar de los aplausos de nacionalistas y populares. El partido socialista ha tratado de enmendar su frialdad en la hora del adiós. Es lo menos relevante del caso. Lo verdaderamente triste ha sido el año de indiferencia, cuando no de marginación, a la que se ha visto sometido por parte de los suyos el que había sido número uno del Gobierno gallego y del partido socialista en Galicia.
No voy a decir, a estas alturas de la película, que me haya gustado su Presidencia. No lo tuvo fácil, se dejó llevar por los cantos de sirena de los aduladores y los socios de Gobierno aprovecharon para meter algún que otro palo en la rueda. Pero creo que la dignidad con la que asumió la derrota, unida a los desplantes que sufrió por parte de su propio partido, han hecho que su figura recuperase puntos. Los mismos que han perdido sus correligionarios porque un partido que no valora a sus 'ex' no sólo pierde un capital inapreciable, sino que se desprestigia ante la sociedad. En este caso, da la impresión de que han querido colgarle en exclusiva el muerto de la derrota electoral. Nadie quiso recordar a Z su célebre frase de que "votar a Touriño era votar a Zapatero". Mas cada quien es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.

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