Lunes 22.12.2008
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QUIENES LEEN desde hace años estas crónicas de lo que no es noticia actualizada, no se sorprenderán si hablo de mi padre fallecido hace hoy exactamente cuarenta y cinco años; casi medio siglo ya de su temprana muerte. Hasta hace poco sabía que mi madre leería lo escrito y que esperaba con cierta curiosidad, no con ansiedad, el testimonio de mi recuerdo de forma que, abusando de la paciencia y de la comprensión de los lectores, el artículo de hoy, durante unos veinte y pico años, fue escrito para que lo leyese ella. ¿Quién reprocharía una cosa así? Seguramente cualquiera, pero mis lectores no son unos cualquiera. ¿Deberé seguir abusando, entonces, de su cortés paciencia? Seguro que no, pero si no hago la referencia que queda hecha igual reviento. Disimúlenmela. Se trata de un modo de un modo más mantenerlos vivos.
Mi padre vivió más de la mitad de su corta vida en democracia; primero, durante la monarquía parlamentaria de Alfonso XIII, la que generó las élites culturales que eclosionaron durante la II República, pues en cinco atravesados años como los que esta se mantuvo no se produce todo lo que tuvo lugar en ella. Tampoco el 75% de analfabetismo a la sazón vigente, quede claro. Como claro debe quedar que hubo un Berenguer y un Primo de Rivera y como claro deberá estar qué clase de democracia es la que hoy nosotros disfrutamos.
El caso es que pensando en eso, recapacité en el hecho de que yo, a mis treinta años, sabía lo que era la democracia y en qué consistían las distintas libertades que nos convierten en ciudadanos dignos porque ya había viajado bastante y abierto los ojos en la medida necesaria. Hasta entonces, había vivido toda mi vida en un régimen en que estas estaban digamos restringidas, por decir algo. Ahora, a la edad que calzo, ya puedo decir que he vivido más de la mitad de mi vida en democracia, tal y como le sucedió a mi padre, por culpa de su muerte temprana, en su caso, y a causa de la ya provecta edad en la que me aventuro.
El caso es que llevo casi tres cuartos de siglo viviendo en paz y, hasta casi ahora mismo, viendo progresar minuto a minuto las condiciones de vida de la sociedad en la que vivo. Sé que soy un hombre afortunado y que tan largo periodo de tiempo constituye un privilegio. La pregunta no debe ser la de cuánto durará esto, sino la de qué deberemos hacer para que continúe y puedan disfrutarla nuestros hijos y, con ellos, nuestros nietos. ¿Qué deberemos hacer para que se sostenga lo que ahora se tambalea? ¿Lo que estamos haciendo? ¡Entonces vamos servidos! De esto se sale, sí, pero siempre y cuando nos empeñemos todos (incluso la gran banca, claro) y no deleguemos todo en los políticos. Es cosa de ellos, por supuesto, pero también nuestra. Sólo una sociedad inmadura lo deja todo en manos del Estado. La pregunta es si ya somos esa sociedad madura, tan necesaria. Da miedo iniciar una respuesta; mejor, entonces, que cada uno se la conteste a sí mismo en su interior más íntimo.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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