Lunes 22.12.2008
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ACONSEJABA Lichtenberg combinar adecuadamente el pro rege con el pro grege que, si no traduzco mal, es el pro rey con el pro grey y, si lo entiendo también de forma adecuada, se refiere al equilibrio necesario entre los intereses de la corona y los de los ciudadanos; al menos si hemos de considerarlo en los días que vivimos; bastante apretadillos, por cierto.
¿Cuáles son los intereses de la corona? No sé yo mucho de estas cosas, pero intuyo que han de ser los generales del Estado. Si esto fuese así, cabría preguntarse quién es el Estado; pues bien, preguntémonoslo y demos una de las definiciones posibles, la que responde a una visión escasamente totalitaria de ese instrumento del que se dota la ciudadanía para que le sirva; un concepto muy alejado, por cierto, del totalitario; es decir, de aquel que monta por encima de este y pone a los ciudadanos al servicio del Estado y no al revés. Los intereses de la corona son los generales de los ciudadanos, o deben serlo. Otra cosa son los intereses del rey, que también los tiene, con todo el derecho del mundo, de la misma forma que por serlo, por ser rey, es de suponer que adquiera unos privilegios y con ellos unas obligaciones. Puede hacer lo que la mayoría de los ciudadanos no podemos y no puede hacer lo que la mayoría de los ciudadanos sí podemos; ¿por ejemplo? por ejemplo casarnos con quien nos de la gana.
¿Qué sucede cuando el rey se casa con quien le da la gana? Pues es de suponer que anteponer los intereses del rey a los de la corona; es decir, a los de la ciudadanía, al preterir un concepto esencial de la monarquía y si no atentar contra los intereses del Estado, sí lesionarlos al casarse, por ejemplo, con una plebeya. ¿Puede el rey hacerlo? Claro, pero el rey-individuo, el rey-persona. El rey-corona, no debe hacerlo. Si lo hace deberá renunciar a sus privilegios en vista de que prefiere incumplir una de sus obligaciones.
¿Y por qué salgo yo ahora con estas si sólo soy monárquico en razón de un pragmatismo que funcionó hasta aquí, pero que dejará de tener su razón de ser en el momento en el que la corona no aporte a la ciudadanía todo lo que hasta ahora ha venido aportando? En otras palabras, que soy un juancarlista más, pero nada más y quizá salga con las que salgo porque el entorno real no esté, ni haya estado en muchos años, a la altura del monarca, de modo que tal realidad me preocupe y me ponga a divagar y hasta aquí y así haya llegado.
Si en otros contextos políticos, más puritanos que el nuestro, una mentira se puede cargar a un gobernante. En el que disfrutamos, el afán de campanear y estar en la procesión debiera cuestionar, de una bendita vez, la actividad de los políticos, lo sean ejerciendo la concejalía del último ayuntamiento o habitando en las más altas instancias y estancias del Estado.
Dicho de otro modo, ignoro si el conjunto de nuestra sociedad se merece un entorno como el del rey, pero empiezo a sospechar que quien no se lo merece es, precisamente, el Rey.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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