Lunes 22.12.2008
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Trato cada día con irlandeses y los considero hermanos de corazón. Somos parecidos, es cierto, más allá de los tópicos. Allí me suelo sentir como en casa. Y aquí, ellos derrochan entusiasmo, con esa habilidad para la relación social que los dioses celtas les han dado. No es raro que viera con cariño el especial Callejeros Viajeros, la otra noche en Cuatro. Es un programa vertiginoso, que lleva en su receta ciertos ingredientes tópicos. Pero como ventana al mundo me parece extraordinario. Es una forma de fotografiar lo que ocurre un día en la vida de alguien: a fin de cuentas, lo que hizo Joyce en el Ulises. Van de un lado a otro de la geografía, enseñando fundamentalmente lo que hace la gente de aquí viviendo allí. Un formato similar, muy similar si quieren, a Españoles en el mundo, que pasaba ayer por TVE. Parece increíble, pero es uno de sus programas estrella. A la gente le gusta esto: ver el mestizaje cultural, el aprendizaje en otro país. Maravilloso. Amo profundamente el mestizaje y defiendo las culturas con uñas y dientes, por pequeñas que sean. No se puede dejar de conocer al vecino. Con los irlandeses, lo de conocerse es cosa de dos telediarios. Están abiertos al mundo como pocos, son emigrantes como nosotros, y, desde luego, están hartos de vivir una historia dura que ni de lejos se merecen. Salía su música, su amor por la calle, su risa. Salían gallegos, cómo no. El programa se encargaba de asegurar que los irlandeses vienen de nosotros. De nuestras costas, de nuestros barcos, de nuestros poetas y druidas. Puede que no sea cierto, pero eso no importa demasiado. Lo que adoro de esta forma de hacer televisión es la frescura de la vida que retratan: no hay nada más revelador que la pura vida cotidiana, sin maquillaje. Joyce lo sabía.

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