Lunes 22.12.2008
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Un líder socialdemócrata europeo comentaba recientemente los problemas que tiene su ideología en la Europa de hoy. En medio de varias reflexiones sobre los desafíos de la globalización, destacaba una queja que guarda relación con la psicología profunda. Para una parte de la izquierda, decía nuestro hombre, la victoria electoral siempre es sospechosa. Ya no digamos cuando esa victoria es reiterada y se acompaña con mayorías absolutas, como le sucedió a Paco Vázquez. El problema que tuvo y tiene el embajador con los círculos intelectuales de Galicia, con esa progresía oficial que se pasa la vida dándose golpes de pecho, es haber ganado gracias al apoyo de la izquierda de verdad, la compuesta por gente corriente.
El pecado que no se le perdona al ex alcalde coruñés es triunfar sin seguir las pautas marcadas por la gauche divine galaica. Mientras muchos de sus compañeros se sometieron al magisterio de este lobby, él fue por libre, escuchó a la sociedad real y le sirvió en bandeja lo que pedía. Y eso se vio como una ofensa intolerable.
Aunque pocos lo digan en voz alta, la historia de nuestra izquierda es una sucesión de fracasos. Una visión panorámica de estos años de autonomía, certifica que la izquierda no es capaz de encontrar su sitio, ni siquiera cuando la derecha parece ya exhausta, como en la etapa final de Albor o en el epílogo de Fraga. Laxe y Touriño son dos paréntesis que sólo sirven para que los populares convalezcan durante un tiempo y se recuperen con nuevos bríos.
En ese calamitoso balance hay una excepción, que es como la aldea de Astérix. ¿Por qué se produce en A Coruña? Porque es uno de los pocos sitios dónde la izquierda gallega actuó sin complejos, con un líder que no espera la aprobación de los sumos sacerdotes del progresismo. Paco sustituye al intelectual pelma por la gente, y gracias a eso logra el estrellato.
Lo extraño es que, en lugar de emular ese modelo victorioso, sus compañeros sientan vergüenza de él y sigan incurriendo en los complejos de siempre. El peor de todos consiste en pensar que alejarse del patrón nacionalista, lo hace a uno más de derechas. En cada movimiento del PSdeG hay siempre un temor a que la distancia con el nacionalismo oficial, tanto partidario como académico, sea excesiva. La política lingüística es un ejemplo bastante claro. Los compañeros de Vázquez no han entendido la lección que se esconde en el caso coruñés. Para tener la hegemonía social en Galicia hay que desembarazarse previamente del lastre de la izquierda melancólica que disfruta perdiendo. Ese sector que considera mucho más progresista a Beiras que a Paco, a pesar de que uno sea el eterno perdedor y otro un regidor invicto, es el que condena a la izquierda galaica a una perpetua penitencia en la oposición.
Es el mismo sector que habrá leído con escándalo la entrevista que ayer se publicaba en las páginas de EL CORREO. En ella, Vázquez se muestra tal como es, y tal como son muchos portavoces destacados de la izquierda francesa, británica o alemana, que también abominan del nacionalismo, o ven en los símbolos cristianos algo inherente a nuestra cultura.
Leídas en Le Monde, The Independent o el Frankfurter Allgemeine, esas palabras serían consideradas algo coherente con una de las interpretaciones del progresismo. En Galicia todavía resultan chocantes para algunos. Eso explica que después pase lo que pasa en las urnas.

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