Sábado 28.02.2009
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POCO importa la fórmula que se escoja para asumir un cargo público. Lo que vale es la decisión personal de trabajar con honestidad. Mariano Rajoy ha jurado el cargo, con la mano izquierda sobre la Biblia y la derecha sobre la Constitución. También juraron Adolfo Suárez, Calvo Sotelo y Aznar, mientras que prometieron Felipe González y Zapatero. De ahí que haya crecido el prejuicio de que los conservadores juran y los progres prometen.
A mí, lo de prometer un cargo me parece una cursilada blandita. Suena a campamento de verano o a obsequio de quinceañera. Lo de jurar suena más serio, pero no ha de tener obligatoriamente tintes religiosos. Se puede jurar por Dios (¿qué necesidad hay?) o hacerlo de un modo más civil, que para eso dice una de las acepciones de la RAE que es "someterse solemnemente a los preceptos constitucionales de un país". Es decir, que un no creyente bien puede jurar su cargo sin meter a Dios en el negocio. En cualquier caso, la experiencia nos dice que jurar o prometer no garantizan la ejemplaridad de nadie. Quizá fuese suficiente con decir: "guardaré y haré guardar la Constitución y demás leyes del Estado", así, sin más adornos, comprometiendo la propia palabra.
Bien jurando o prometiendo, los seis presidentes tuvieron delante un crucifijo en su toma de posesión. Quizá lo correcto es que cada presidente, según sus convicciones personales, hubiese podido elegir su presencia. Que el Estado sea aconfesional es tan estupendo como que sus ciudadanos decidan serlo o no. En cualquier caso, no hay noticias de que el crucifijo mermase la libertad de los presidentes, ni fue obstáculo para que se decidieran por una fórmula concreta de compromiso. Estaba allí para que pudiesen mirarlo o ignorarlo.
Periodista

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