ES sabido que, sin capacidad de introspección, no hay novelista. Y que si la introspección es una bajada, un descenso al interior de uno mismo, para buscar allí toda la gente que hay que ser, sublime alguna veces, abyecto en otras oportunidades, tímido o valiente, vehemente y cobarde, arrebatado y cínico, sereno y extrovertido, según los días y las horas.
¿Cómo, con qué, gracias a qué y hacia dónde se debe producir esa elevación? ¿Debe ser realizada por el autor debidamente provisto de un paracaídas? ¿En vuelo libre? ¿Ignorando las condiciones atmosféricas? A veces viene por casa algún escritor joven. Conozco bien ese tipo de visitas, yo mismo las realice; creo que todos las realizamos y que, también todos, sabemos los distintos resultados, las frustradas vampirizaciones, lo frustrante de no pocas de ellas, la altanería de quienes tomamos por maestros y la bonhomía de aquellos que considerábamos intratables llevados de informaciones llenas de prejuicios y de esa insalvable mala baba que a todos nos resbala de vez en cuando por nuestra mandíbula inferior.
A veces, esos visitantes, demandan, igual que lo hicimos nosotros, nociones y guías que atiendan al arte de novelar. No se dan cuenta que la situación en coordenadas novelescas es tan posible determinarla como en coordenadas terrestres y que lo importante no es el punto de partida sino la derrota, la trayectoria a seguir porque es en ella en donde el arte de navegar/novelar se pone a prueba. ¿Se aprende eso; mejor dicho, se enseña? Lo dudo mucho pese a que sepa de la existencia de cátedras y escuelas en las que se ejerce docencia al respecto.
Escribo estas que pudieran calificarse como patochadas, debido a la reciente presencia en mi casa de un joven novelista en demanda de mis propias coordenadas, de mi propio arte de novelar, si es que lo tengo. No he sabido darle respuestas. No es que no las tenga, es que he sentido pánico a equivocarme y arruinarle su camino llenándoselo de oleaje. En ocasiones, doy en pensar que la mente humana sea un depósito, pero no una fuente de la que fluya un líquido vivificante que puede ser desde el agua cristalina hasta el zumo de naranja antioxidante, pasando por mil aceites e incluso pócimas de no muy fácil descripción. Un depósito en el que no se pudiese aplicar nunca el principio de los vasos comunicantes aunque si el de la osmosis por no se aún qué extraño medio llevada a cabo, a no ser que sea por el único que conozco, por el de la lectura. Si no hay lector, no hay escritor. Así de claro.
Eso le he dicho ayer al joven escritor y me miró con cara que traslucía el pasmo que sentía en ese momento. Ya había lector, claro. Siempre hay más lectores que escritores de modo que lamento habérselo causado. Si hoy me lee, espero que me comprenda y me disculpe. A él le pasará lo mismo a la vuelta de unos años. Pocos.
Escritor. Premio Nadal y Nacional de Literatura

20.05.2013
Baches en calzadas pero también en aceras
Una minirrotonda que confunde al conductor
Papeleras desbordadas en el casco histórico
Unha casa en ruínas que se eterniza en San Paio
Continúa la lacra de las pintadas callejeras