Martes 17.06.2008
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Sólo con el ánimo de colaborar en la meritoria labor de la Mesa pola Normalización, uno aconsejaría a sus dirigentes que vieran La vida de los otros. En nuestro caso habría que sustituir la vida por la lengua, pero la metodología que se expone en esta espléndida película alemana se puede trasladar a Galicia, con algunos retoques que no afectan a lo esencial.
Trata sobre un oficial de la Policía Política de la República Democrática Alemana encargado de vigilar a un disidente. Le pone micrófonos en su casa, utiliza de soplón a alguno de sus amigos, e incluso chantajea a su novia para que le proporcione pruebas incriminatorias de sus actividades contra el régimen comunista.
Aquí podría hacerse lo mismo. La Mesa debería abandonar su estilo artesanal para pasar a otra fase que le permitiera tener bajo vigilancia a todos los gallegos sospechosos. Veamos su última denuncia; se refiere a una pediatra de un hospital privado coruñés que, al parecer, obligó a un joven paciente a que le hablara en castellano.
Dado que es previsible que en ése y en otros centros sanitarios haya gente así, sería conveniente instalar también micrófonos que permitieran descubrir con antelación a los disidentes lingüísticos. Ya se sabe que más vale prevenir que curar. El sistema habría que extenderlo a todo tipo de establecimientos públicos donde la Mesa estime que puede producirse un atentado contra la normalización, la suya se entiende.
Como complemento a esta supervisión electrónica, habría que estimular las denuncias de los particulares. Sabemos que la mesocracia idiomática anima a los buenos gallegos a que pongan en su conocimiento este tipo de atrocidades, pero eso no basta. ¿Por qué no establecer una recompensa a los denunciantes por cada infiel que pongan en manos de la organización?
La apertura de los ficheros de la Stasi desveló que prácticamente cada súbdito de la RDA era vigilado por otro. Si en Galicia se lograse algo parecido, los enemigos interiores se lo pensarían dos veces antes de transgredir los preceptos de la Mesa. Cualquiera, incluso el mejor amigo, podría trabajar para los guardianes de la normalización, suministrándole informes de lo que hace el sospechoso en la consulta, en la tienda, en la oficina, en el aula, en el bar...
Claro que hay un aspecto de ese estado policial que relata la película que desagradaría a los imanes de la Mesa. Al acusado se le daba audiencia, podía incluso rebatir las pruebas que figuraban en su expediente, mientras que nuestros normalizadores no lo hacen. Volviendo a la pediatra pecadora, la Mesa no ofrece su versión de lo sucedido, e incluso añade apreciaciones peculiares, como que utilizó malos modos.
No es una denuncia lo que hace, sino una condena. Como todos los que tienen una mentalidad totalitaria, su objetivo no es convencer, sino reprimir. Un normalizador normal, antes de divulgar el caso, trataría de arreglarlo con amabilidad, hablaría con la supuesta infractora, escucharía su versión e intentaría ganarla para la causa.
Es lo que hubieran hecho aquellos benditos galleguistas históricos que, en las épocas más oscuras, normalizaban con persuasión. Estos no saben persuadir y se empeñan en ser una policía lingüística, con el consentimiento y apoyo de sectores que piensan que así los dejarán tranquilos. Uno también desea colaborar, y por eso reitera la idea de una Galicia monitorizada donde el que quiera ser idiomáticamente libre, no tenga más remedio que saltar el muro.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
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