Lunes 22.12.2008
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A orillas del celeste Golfo de Nápoles se encuentra la tumba de Virgilio, y cerca de esos contornos hay otra tumba de un poeta que amó la muerte por sí misma, sin recompensa ni esperanza. Giacomo Leopardi nació adornado con la belleza y la verdad y sin ayuda de maestros. A los quince años descifraba textos de la cultura helénica. Pero la Némesis vengadora de los favores divinos puso en el cuerpo del poeta toda miseria fisiológica: sus nervios y sus músculos se incapacitaron y deformaron convirtiéndole en un ser deforme, y dentro de su pecho ardía con todo el fuego el anhelo de un amor real.
El poeta abjuró de toda fe, pero en su alma el don de la poesía se hizo manantial profundo. Amó la muerte que le llevaba a decir: "Un desiderio di morir si sente". Sus versos fueron excelsos y escogidos; sus cantos, inolvidables. Su amor imposible le llevó a decir: "Por qué tan dulce amor debió llevar consigo tanto dolor, tanto deseo".
En Nápoles se extinguió su vida a los treinta y nueve años. Y en la serena altura de Capodimonte está la tumba de Leopardi, el poeta que allí esperó a su pálida amada que serenamente había de cerrar sus ojos tristes. Fue el sublime poeta de la nada, con su profunda y personal filosofía.

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