Lunes 22.12.2008
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Es época de grandes manifiestos. Los internautas escriben uno a favor de la libertad de expresión y los creadores, otro a favor de la libertad de cobro. Al editorial conjunto de la prensa sobre la dignidad catalana se le responde con otro sobre la dignidad española. Un manifiesto de 200 abogados aboga por la independencia del TC. Si usted no tiene un manifiesto a mano para firmar está perdido. Sin embargo, para los catalanes, los españoles y los demás bípedos implumes tomados de mil en mil, la dignidad siempre está a salvo de lo que disputen los políticos de turno. Sólo faltaría que los ciudadanos cometiésemos cohecho cada vez que se descubre uno en la Administración. Bastante tenemos con pagar los desperfectos que ocasionan. Por el contrario, a la Constitución, el manifiesto refrendado por el mayor número de personas que existe hasta la fecha, el de mayor rentabilidad democrática por consenso y duración, y el que nos obliga a todas las dignidades, se le toma con harta frecuencia por el pito del sereno, a mayor gloria de la delincuencia institucionalizada. Déjense de tantos manifiestos y cíñanse al reglamento. Ya verán cuánto se avanza y qué reconfortante resulta actuar en tiempo y formas moderadas. Todos los deportistas saben que la clave para disfrutar de sus competiciones reside en un buen reglamento y en el convencimiento de que lo mejor para todos es cumplir lo allí dispuesto. Sí, ya sé; es una perogrullada, pero qué quieren, la época no da para más. El invento de estos tiempos es disfrazar un mulo para colarlo por pura sangre. Montilla lo dice hoy con todas las letras: el Estatuto es constitucional a más no poder.

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