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Viernes 24.05.2013  | Actualizado 00.00 Hemeroteca web  |  RSS   RSS

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{con sentido común}

ALFONSO GARCÍA

En memoria de un amigo

EN OTROS TIEMPOS, la muerte se aceptaba como algo cierto, próximo y natural. Se hablaba de ella, se organizaban en vida los ritos del entierro propio en función de las creencias personales; se visitaban los cementerios con naturalidad como lugares en los que reina la paz; se enterraba a los muertos -hoy se los incinera- para devolver sus restos a su origen, y los cristianos celebraban el tránsito de forma alegre, festiva, ante el estupor de los no creyentes.

Hoy, sin embargo, se teme la muerte, se elude hablar de ella, como si al ocultarla la ahuyentáramos. Cada vez es más frecuente que la muerte se produzca en centros médicos o asistenciales; se ha generalizado el uso de los fríos tanatorios, tan alejados de la intimidad del hogar en que se vivió, rodeado del cariño de los más próximos; ya no se entierra a los muertos y en consecuencia, las visitas a los cementerios son, muchas veces, un acto social, para acompañar a otros; la incineración acaba rápidamente con lo material, con lo que se ve, como si hubiera prisa.

Los hermosos versos de Alberto Cortez -Cuando un amigo se va/queda un espacio vacío,/que no lo puede llenar/la llegada de otro amigo- no son ciertos en la muerte de mi amigo Diego Diz. Me explicaré. A quienes le hemos conocido nos ha dejado ejemplo de entereza, de esperanza, de alegre resignación, de fuerza, de conformidad y de fe. No hay vacío, por lo tanto, hay plenitud en las almas de su familia y amigos.

Me ha enseñado a ver la muerte con naturalidad, como otra etapa de la vida, como un hecho del que se puede hablar con la familia, con los amigos, con el médico, como tiempo de preparación para el tránsito y para expresar afectos, para perdonar y ser perdonado, para olvidar momentos ingratos.

Naturalmente, en seis meses no se puede improvisar esta actitud; su forma de enfrentarse a la muerte ha sido la consecuencia de una vida basada en el servicio a los demás en sus distintas tareas profesionales, su dedicación a la familia y sus arraigadas convicciones cristianas. Su ejemplar entereza ha sido realista, serena, desprovista de dramatismo, hasta alegre diría yo, y, desde luego, cimentada en la esperanza de una vida mejor. Al marcharme, tras un tiempo en su compañía, lo hacía reconfortado.

Estos días posteriores a la despedida me preguntaba yo: ¿cómo sería el mundo si supiéramos el momento de nuestro tránsito?

Notario

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