Lunes 22.12.2008
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Aviso a navegantes. Igual voy y empiezo a escribir un libro. Si lo hago y lo llevo a ramo, espero titularlo Memorias de ayer mismo. Los ejercicios de recordación mantienen vivo y juvenil el ánimo de quienes se afanan en ellos poniendo por escrito el resultado de sus rememoraciones. Es grande ser joven, rezaba el título de una célebre película que vi en el orensano y desaparecido Cine Mary. Estoy de acuerdo. Espero que al igual que yo crean que también lo es sentirse tal, aunque ya no sea. ¿Sabrían decirme cuál es la diferencia entre ser y sentirse? Todos los países, todas las sociedades, suelen tener, tienen, una realidad oculta que no transciende casi nunca. Eso no es bueno. No lo es porque permite que la mayoría viva en la inopia respecto de lo que sucede y determina sus vidas, condicionadas por lo que piensan, deciden y hacen unas minorías a las que la Historia suelen conceder, graciosamente casi siempre, el poder de hacerlo, de incidir en gran medida en la vida de la comunidades de las que forman parte, más activa, si, más significativa, también, pero parte de ellas, aunque, eso es lo malo, una parte que, como el que parte bien reparte, suele dejar para sí la mejor parte. You know? En nuestra pequeña historia de pequeño, verde, triste y algo esquinado país, sucede también así. Existen grupos, lobbys y cárteles que van desde la Ría de Arousa al mismo corazón de Compostela o de cualquier otra de nuestras capitales. Siempre merodeé por los aledaños de algunos de ellos llevando a cabo lo que para unos fue siempre una muestra de independencia y para otros un alarde de chaqueteo. Es el precio que debo pagar, este de las opiniones encontradas que me convierten, sin ser ninguna de las dos cosas, tanto en un ejemplo a seguir como en otro a evitar. Lo acepto, claro. El caso es que desde el campo de la literatura y la edición, pasando por el de la política, fundamentalmente, pero abarcando, siquiera de refilón, otros que a la postre pudieron resultar afines, he visto lo suficiente como para tener cosas que contar. Y voy a hacerlo. Empecé, si bien no por entero, en el libro de conversaciones que construimos entre Xosé M. del Caño y este servidor de ustedes. El y yo construiremos otro libro y aún es posible otro y tercero con alguien que se me antoja Perfecto. Pero en medio igual voy y empiezo a escribir esas memorias de ayer mismo, a propósito de monaguillos y otros especímenes que todavía nadan entre aguas revueltas luciendo la aviesa sonrisa propia del perro pulgoso y faldero de Penélope Glamour. Cosas propias de ser también un can, pero sin dueño y libre, algo juguetón sí, por saltarín y joven, y poco ladrador, por prudente cautela, si me disculpan que lo diga y me exprese de tal modo como este.

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado