Lunes 20.05.2013
| Actualizado 17.09
Hemeroteca web
|
RSS
Era la semifinal del miedo. No hace falta ser muy espabilado ni poner las antenas a trabajar para percibir que estos días atrás sólo se hablaba del miedo de los españoles a Cristiano Ronaldo y del miedo de los portugueses a la selección española, lo cual planteaba una situación de ventaja: nosotros tendríamos que cuidarnos de un solo portugués mientras que los portugueses tendrían que cuidarse de catorce españoles (contando las seguras sustituciones).
Como mejor forma de espantar estos miedos, todos decían, españoles y portugueses, que no le tenían miedo a nadie, que nadie es invencible, que, eso sí, habría que estar muy concentrados.
En el subconsciente de los culés y de los merengues pululaban los últimos enfrentamientos y todos se preguntaban qué tratamiento iban a aplicar los defensas españoles del Madrid a su compañero Ronaldo y todos deseaban que el dichoso Ronaldo tuviera uno de sus característicos ataques de ansiedad, pensando en el inevitable Messi, para que se automarcase como hace a veces.
También estaba presente el miedo a un árbitro disperso, ustedes ya me entienden: un árbitro que siendo de los mejores tomara sus decisiones a destiempo por no decir a contratiempo.
Del miedo no ya del portero ante el penalti (Peter Handke dixit) sino de toda la nación española a los penaltis ya hablamos ayer
Del miedo a quedarnos con un palmo de narices mejor no hablar, aunque quien no lo haya tenido que tire la primera piedra. Yo, particularmente, no tuve (ni tengo) miedo al apocalipsis mediático que una derrota desencadenaría; haría caso omiso, como ya anuncié, porque la selección (estos jugadores y este seleccionador) tienen para mi una bula de agradecimiento perpetuo, sin fecha de caducidad.
Por lo tanto, ahora que me leen, ¿qué ha quedado de todos estos miedos? Interesante pregunta que requerirá una respuesta no menos interesante.

20.05.2013
Baches en calzadas pero también en aceras
Una minirrotonda que confunde al conductor
Papeleras desbordadas en el casco histórico
Unha casa en ruínas que se eterniza en San Paio
Continúa la lacra de las pintadas callejeras