Lunes 22.12.2008
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En la universidad de Salamanca, alrededor de su Patio de Escuelas Menores, el de los pétreos soportales dueños de un ritmo náutico y pausado, hay unos salones que están hermosamente ocupados con una exposición sobre la persona y la obra de Gonzalo Torrente Ballester. La comisarió Carmen Becerra con la colaboración de Miguel-Fernández Cid. Estuve visitándola según febrero terminaba, o más bien se disponía a hacerlo, durante una noche y una media mañana que me dejaron ese imprescindible sabor de boca que identifica y es consecuencia de los buenos alimentos. Y sabido es que no sólo de pan vive el hombre.
Alguien como Carmen constituye un lujo para cualquier escritor que pueda contar con una estudiosa, con una conocedora de su obra como Carmen estudia, conoce y ama la del escritor gallego, nacido en Serantes, al lado de Ferrol, se cumplen cien años en este que empieza a estar ya terciado.
Si, no digo más, tan sólo veinte escritores gallegos de los que escriben en gallego, contasen, cada uno de ellos, con una o un amante de sus obras de la misma altura intelectual, de idéntica capacidad de entrega y de equivalentes dotes de entusiasmo que Carmen Becerra y si las dispusiesen al servicio de su causa, haciéndolo al margen de cualesquiera otros sistemas de ideas, aplicándolas al estudio de sus obras con independencia de consignas previas, partidismos galopantes y otras limitaciones subyacentes, les aseguro que eso que pomposamente se llama el sistema literario gallego, sería oro en paño. ¿Seremos capaces de crear las condiciones que hagan posible tal cosa? Me temo que, al menos de momento, no. Al menos, confieso que de modo lamentable, yo lo veo los mimbres con los que poder hacer el cesto. Mejor dicho, mimbres sí los veo. Lo que no veo son muchos cesteros en lontananza, para decirlo de un modo que pueda resultar, al menos, medio risueño.
Ojalá que la exposición organizada por el Ministerio de Cultura y la fundación que lleva el nombre de don Gonzalo, con la colaboración de la universidad de Salamanca, circule por estos pagos. No es que fuésemos a aprender nada nuevo de ella, pero sí que nos obligaría a reflexionar no poco acerca de la aproximación del estudioso a la obra de un autor y de paso y fundamentalmente alrededor de lo que se suele llamar nuestra realidad cultural; esa misma por la que, aunque los más jóvenes lo ignoren, o tal pretendan para poder seguir con su monótono discurso en las más de las oportunidades, venimos clamando desde hace años para que sea íntegra y cabal resultado del afán de sumar y nunca del de restar.

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