Lunes 22.12.2008
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Algunos piratillas de e-mule, los que por poco nos dormimos viendo una copia mala de Avatar en el cutrelandio deuvedé casero, celebramos con sonrisa de hiena el palitroque que la academia de Hollywood metió el domingo por la noche a la película que infinidad de críticos nos quisieron vender como una obra maestra absoluta, como la cinta que revolucionaría el cine para siempre.
¿De verdad se puede calificar así una película de aventurillas con supuesto mensaje de denuncia solidario-cósmico? Hombre, vale que el film está a ratos entretenido, aunque le sobra más de media hora de metraje y el pesadito marine acaba provocando sopor, lo mismo que su chillona novia, y vale también que los efectos especiales están bien y tal, pero no nos engañemos, porque solo con esos mimbres es muy difícil hacer una película sobresaliente. Y mucho menos, evidentemente, la genialidad absoluta de la que hablaron muchos especialistas adictos a los muñecotes virtuales.
Para colmo, bastantes pensadores que probablemente desayunan algo mucho más fuerte que café y mermelada incluso han querido ver en esta cinta una forma de poner a parir implícitamente la invasión de Irak por parte de Estados Unidos, que manda huevos la cosa, y a la forma que tienen los yanquis de masacrar pueblos a los que consideran inferiores. O sea, la típica trama manida y facilona a más no poder.
De todas formas, tragarse de vez en cuando blufs avatarienses sirve para apostar cada vez con más convicción por el cine modesto en confección y honesto en su planteamiento, el que no necesita recurrir a grandísimos efectos especiales y a guiones cósmicos para atrapar, convencer y emocionar (¿han visto, por ejemplo, Una historia verdadera?) Y también para echar cada vez más de menos el teatro en estado puro, sin edulcorar, ese que ya apenas recala en Santiago pese a que la ciudad cuenta con varias salas estupendas para acogerlo. ¿Son las compañías nacionales de teatro las que pasan de la capital gallega o son nuestras autoridades municipales las que pasan de ellas? ¿Por qué hace apenas una década el Teatro Principal acogía incluso estrenos a nivel nacional y ahora está instalado en el muermo casi absoluto? Vayan ustedes a saber, pero todo indica que será muy difícil abandonar ya la cultura de la hamburguesa rápida y los plastas avatares.

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