Lunes 22.12.2008
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Bien, ya ha llegado. La nieve visita la televisión y los hombres (y las mujeres) del tiempo encuentran un motivo para cambiar el discurso de las isobaras. Ya he dicho que me he ido haciendo adicto a los programas del tiempo: supongo que es un síntoma de melancolía, una cosa de la edad, como cuando te pones a mirar las obras de la calle. Sin embargo, esa nieve que brota no es mi nieve. No la de mi barrio. Es una nieve lejana y catódica que llena los telediarios como antaño llenaba las habitaciones de mi corazón. La nieve sale en pantalla como problema: esos corresponsales ateridos, esas chicas con bufanda roja, a las que tanto amamos. Al fondo, se dibuja la nieve urbana que impide el fluir comercial de estos días, la nieve maldita para los adultos y adorable para los niños. Los corresponsales aseguran que el frío es atroz, que la noche es terrible, que la carretera es casi un cristal y que el temporal está dejando nevadas que parecen postales antiguas. Son las nevadas de la memoria.
No volveré con la vieja letanía de mi pasión por las nevaradas y los relatos de las heladas negras. Cada vez que el cielo se inflama de luz metálica y no usada, alguien me recuerda que está a punto de caer la primera del año, y es entonces, cuando, inexorablemente, conecto con aquellos días de la infancia. Aún siento la textura de aquella nieve primigenia en la palma de mis manos. Por eso, esta nieve de los telediarios no me sacia. Es una nieve informativa, una nieve trufada de avisos para el tráfico, una nieve despojada de amor. Sólo de vez en cuando, algún espectador envía a los espacios televisivos del tiempo una foto que delata la emoción. Apenas un chispazo breve: esos segundos en la pantalla, esa palpitación. Suficiente para comprender todo lo que no cabe en la información de servicio.

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