Lunes 22.12.2008
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CUANDO yo era un rapaz, estaba bien visto eso de ser "un intelectual"; se ve que había pocos. Tan bien visto estaba que no paré hasta conseguirlo y verme adornado con unas gafas de gruesa montura a la vez que con una poblada perilla. Los judíos creo que llaman a esto un shibolet, un código de identificación de pertenencia o clase. Para lo primero fue suficiente con un par de años trabajando como bancario: durante ellos se me fue al garete toda la buena vista que me había permitido, siendo marino, ver barcos donde los más de mis compañeros solo veían horizonte; para lo segundo, con que se me invaginasen los pelos de la barbilla y tuviese que dejármela crecer, la barba; otrora negra y bellida (me apellido Conde Cid) hogaño blanca y rala como no la querría para sí Papá Noel. Desde tales logros, para algunos, desde entonces soy un intelectual. En realidad, tan solo soy un escritor.
Como no soy un intelectual, pude confesar paladinamente que ignoraba, hasta el día de la confesional fecha, quien era Ayn Rand. No me da vergüenza en absoluto, ni me causa el más mínimo rubor, confesar que ignoro cantidad de cosas. Tampoco que, las que sé, las sé. Y ahí no me ando con coñas. Que España es un país en el que una de las mayores aspiraciones del personal es convertirse en funcionario del Estado es tan evidente que no es necesario que yo lo proclame. Que la atención del sector turístico, en su apartado concreto de hoteles y restaurantes, ocupa a gran parte de nuestra ciudadanía en el desempeño laboral de los deberes propios de los camareros, secundados por asiáticos y sudamericanos, no es algo que, para ser descubierto, haya que recurrir a los textos de la rusa Alisa Zinorievna Rosenmbau, más conocida en su versión estadounidense de Ayn Rand y por sus no pocas ni insignificantes, aunque sí peregrinas ideas, en no pocas oportunidades, vertidas en la teoría filosófica por construida y bautizada conocida como objetivismo.
Puestos a matizar a un bloguero de la edición web de este periódico que firma como Sousapoza, que es quien me reprocha estas cosas, debo añadir que si mi padre nunca se hizo socio del liceo casino de la ciudad en la que vivió y murió, alegando que él no frecuentaba círculos viciosos, este hijo suyo, tampoco frecuenta círculos intelectuales, debido acaso a idéntica razón que la esgrimida por su progenitor.
Dicho esto poco me resta por decir. Discúlpeme el lector que no sea un erudito, ni puñetera falta que me hace, aunque mal no me viniese el serlo: viste mucho y luce en sociedad. ¡Ah, y sé navegar en Google! También sé que hay más servicios como Google, pero no me sé sus nombres y por lo tanto cómo debería acceder a ellos. ¿Pasa algo? Se trata de una limitación mía. La asumo y hasta es posible que le ponga remedio cualquier día; mientras, es lo que hay. Incluso estoy dispuesto a twittear, pero para eso antes debe venir mi sobrino por casa y explicarme cómo se hace eso. Y ya les avisaré. Sin duda.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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