Lunes 22.03.2010
| Actualizado 01.24
Hemeroteca web
|
RSS
De haber nacido hace treinta y nueve siglos, en la Babilonia regida por el rey Hammurabi, Mari Luz hubiera sufrido los rigores de una sociedad despiadada, pero también la protección de una justicia muy clara. Porque el citado monarca es autor del que se considera primer código de la historia, el mismo que en forma de menhir reposa ahora en el Louvre.
La transcripción de su articulado lo deja a uno perplejo. Primero por tratarse de una ley que ya no depende del capricho del que manda, sino de unas disposiciones inmutables que establecen la conducta delictiva y el castigo correspondiente. Pero también asombra la inclusión de transgresiones administrativas e incluso judiciales.
Así, el juez que ocasiona un perjuicio, o el funcionario poco escrupuloso en sus asuntos, son castigados con dureza, sin que la causa esté mediatizada por el corporativismo, como sucede ahora, o se pierda en el laberinto de los matices, como pasa en la actualidad. El Código de Hammurabi, reflejo fiel del ojo por ojo, tiene sin embargo el mérito inmenso de poner en lugar preferente los intereses de la víctima.
No es que uno sienta nostalgia de este lejano precedente legal, mejorado afortunadamente por muchos siglos de civilización, pero casos como el de esta niña de Huelva obligan a preguntarse si aquella justicia caprichosa e imprevisible que el bueno de Hammurabi quiso regular en el pedrolo no estará reapareciendo ahora.
¿Alguien puede aventurar qué tipo de castigo recaerá en el juez que no se preocupó de ejecutar la sentencia, en el funcionario que no estaba, en la Audiencia que no hizo nada, en la Junta o el Ministerio que no aportaron los medios necesarios? Nadie, entre otras cosas porque primero hay que desmadejar el ovillo competencial, tan útil para que las responsabilidades se diluyan.
Estamos de acuerdo en que el código que se expone en una de las salas del Louvre (vale la pena verlo) peca de simplista. Con cargo a él se habrán cometido numerosas injusticias en Babilonia, pero igual de nociva que la simplicidad es una situación en la que ni siquiera se sabe quién tiene la responsabilidad de asegurarse que un criminal peligroso, que atenta contra menores, que reincide, ingrese en la cárcel. Hemos fabricado un sistema tan complejo, que hasta un individuo de pocas luces como Santiago del Valle es capaz de burlarlo una y otra vez.
Horroriza pensar hasta dónde hubiera llegado su carrera criminal, si en vez de tratarse de un lerdo que incluso ofrece entrevistas en la tele, estuviésemos ante una mente calculadora que planifica sus fechorías y sabe esconderse. Porque nada de lo sucedido con sus sentencias incumplidas se debe a la sagacidad del presunto asesino, sino a la inoperancia del sistema.
Una inoperancia que se convierte en eficacia a la hora de jugar al escondite. El juego sigue una secuencia que ya se repitió en otras ocasiones, y que empieza con el descorche de la indignación, que salta como la gaseosa cuando se abre. La familia de la cría pide justicia, la sociedad más próxima protagoniza altercados, y la más distante se subleva ante lo sucedido.
Pero esa indignación no sabe a dónde dirigirse y empieza a vagar sin rumbo, mientras se ponen en funcionamiento los mecanismos corporativos para defender al juez y al funcionario. Finalmente, la conmovedora figura del padre de Mari Luz va abandonando las primeras planas, los expedientes se difuminan y llegamos a pensar que Hammurabi no era tan primitivo.
Sellado noiés a conciencia
Coches en las aceras de Teo
Una verja rota y peligrosa
Nevera enchufada a xestas