Lunes 22.12.2008
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Me he sorprendido a mí mismo al llegar a los ochenta y encontrarme con la grata sorpresa de muchas felicitaciones. Quizá porque pueda ser verdad eso de que, con los años, uno recuerda más el pasado que el presente, o porque mi reencuentro -escrito, porque ya se nos ha ido- con un añorado ferrolano, nacido en Santiago y afincado en lo que entonces se llamaba la Ciudad Departamental, José Maria López Ramón, que fue allí delegado de EL CORREO GALLEGO, me ha hecho revivir infancia, adolescencia y juventud y memorizar anécdotas de personas y personajes que ambos conocimos y tratamos.
En su libro Memorias periodísticas del Ferrol de los cincuenta, publicado en 2002, José María López Ramón, compostelano y ferrolano, me lleva de la mano a los paseos por la calle Real, la nueva Semana Santa con masiva participación de cofrades y capirotes, las botaduras de barcos, la proliferación de buenos pintores -esa Escuela ferrolana de la que hablaba Bello Piñeiro y que muchos negaban-, el taxi que desde Santiago, a las cuatro o cinco de la mañana, según el cierre de la edición del periódico y el comportamiento de la rotativa de EL CORREO, iba sembrando de paquetes con ejemplares frescos de tinta, por los pueblos del trayecto hasta llegar a Ferrol, etc. Tengo dos amigos ferrolanos que viven en Vigo, como yo, y sienten lo mismo cuando echamos la vista atrás y hablamos del Ferrol de nuestros tiempos, ese de mediados de los años cincuenta, con las secuelas de la guerra civil y la peculiar vida ciudadana de entonces, que tan bien supo reflejar otro ferrolano, cuyo centenario celebramos, Gonzalo Torrente Ballester. Y tengo otro amigo que padeció ese Ferrol de posguerra civil por razones del destino militar de su padre y que se enfada cuando dedicamos demasiado tiempo a recordar aquello.
Esto de avanzar en años tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Revivir el pasado, a mi edad, tiene más bien ventajas.

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Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado