Sábado 13.12.2008
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Se percibe un intento de recrear en Galicia la democracia orgánica. No se le da ese nombre, desde luego, pero tanto su forma como sus fines son muy parecidos a ese simulacro democrático del que se sirvieron algunos regímenes autoritarios, alérgicos al principio de un hombre, un voto. La alergia es también similar.
¿Qué querían hacer esas dictaduras? Suplantar la democracia auténtica con un subterfugio fabricado con organizaciones adictas, sindicatos verticales y demás artilugios. Se quería hacer creer que la suma de esas plataformas equivalía al pueblo. ¿Para qué consultarlo, si ya hablaban por él todos estos portavoces?
El truco era grotesco. Todo ese decorado asociativo estaba controlado por adictos al sistema, que solo cambiaban de uniforme para cada ocasión. La gente normal no participaba en esas asociaciones y, cuando lo hacía, no influía para nada en sus decisiones fundamentales. Los propagandistas de la democracia orgánica, sin embargo, decían que la otra, la que está basada en elecciones libres, no era la adecuada al no estar la gente debidamente preparada.
Es asombroso el paralelismo con lo que ocurre estos días en Galicia. Frente a la soberanía del elector, se quiere levantar otra de sindicatos, colegios profesionales, coordinadoras y asociaciones socio-pedagógicas. De la trilogía famosa de familia, municipio y sindicato, queda el tercer elemento y cambian los restantes estamentos por otros con denominaciones modernas, aunque con propósito idéntico.
El objetivo se resume en convertir a quienes han perdido en las urnas en ganadores mediante la recreación de una democracia corporativa. Como ya ha sucedido en otras ocasiones, los que son socialmente minoritarios quieren suplir ese hándicap manejando a placer el tinglado asociaciativo. Basta con atender a sus proclamas y fijarse en su lenguaje para darse cuenta de que obedecen a una misma mano.
Entre todos los pronunciamientos de estos días destaca el de un colegio de psicólogos que alerta de estremecedores traumas si se cambia la imposición idiomática por la libertad. Como es obvio, ni se aclara cuántos asociados suscriben el disparate, ni qué estudio clínico se hizo para lanzar el diagnóstico. Lo único que hay es una utilización ideológica de una agrupación profesional que está para otras cosas.
Grupos de otro tipo afirman cosas parecidas, pero todos coinciden en descalificar la consulta a los padres y restarle valor al resultado electoral. Al parecer, ni los progenitores ni los electores gallegos están debidamente preparados para entender las consecuencias de sus decisiones, por lo cual han de hacerse a un lado y dejar paso franco a la flamante democracia orgánica.
Casi todos estos pronunciamientos llevan una considerable carga de soberbia. El tono no es templado, sino siempre incandescente. Acusan, rechazan, condenan, exigen, amenazan. Nunca ofrecen colaboración, jamás aconsejan o ponen por delante su respeto a la democracia de verdad y al derecho de los padres a opinar.
Ojalá que hubiera verdadera psicología, pedagogía o sindicalismo en este debate. Pero lo que hay es la continuación de la lucha política por otros medios. Quienes en las elecciones se ven condenados a porcentajes escasos toman la revancha con un espejismo democrático que sustituye a la ciudadanía por un decorado de coordinadoras y plataformas huecas. Pura nostalgia de la democracia orgánica.

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