Martes 21.05.2013
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EN ESE TIEMPO se resolvió la prueba reina de la Olimpiadas. Un cuarto de la humanidad retuvimos el aliento en ese tiempo. Luego los hurras, y Usain Bolt hizo visajes y cucamonas.
Concentración máxima de tiempo y espacio: cien metros y nueve segundos. Menos es más. El colorido de los vestidos, la pericia de los cámaras, la precisión de los cronómetros, la intensidad de los focos. Todo pendiente de ocho hombres más rápidos que el viento. Entrenamiento, técnica, emoción, culto al cuerpo y cultura del espectáculo fijos en una humanidad que va citius, altius, fortius, más rápido, más alto, más fuerte.
La tribu olímpica subyugada ante dos jamaicanos, y otros seis negros más. Jamaica es un país pobre del Caribe. Con cuatro mil trescientos dólares de renta al año es más rápido que los americanos y sus cuarenta y ocho mil dólares en lo mismo. La justicia olímpica compensa a veces las desigualdades del mundo. Los atletas kazacos llevan oro en halterofilia, los húngaros en piragüismo y martillo. Jamaica nos dio a Bob Marley y el reggae, nos vende bauxita, pimienta y derivados de marihuana. Nos da ahora la alegría de Usain Bolt que, con una pierna derecha más corta que la izquierda en centímetro y medio, vuela con elegancia.
Nueve segundos sesenta y tres centésimas de comunión mundial. Los vivimos incluso quienes no gustamos del deporte. Es el más lejos, más rápido, más alto. Es lo mejor de la condición humana.
Y Jamaica se llamó Santiago hasta 1655, que lo sepa.
Profesor de instituto

21.05.2013
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