Sábado 20.03.2010
| Actualizado 20.56
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El problema de la izquierda es que tuvo que atender a dos investiduras simultáneamente. Está en la oficial, en la parlamentaria, en la que se retransmite en directo, y en otra que se hace sigilosamente lejos de la Cámara para recomponer la maltrecha figura de socialistas y nacionalistas. ¿Cuál les preocupa más?
Si algún artilugio permitiera leer el pensamiento de muchos diputados del PSdeG y BNG, seguro que apreciaríamos una disociación de sus personalidades. Allí están en su escaño de cuerpo presente, siguiendo con aparente interés las intervenciones de sus portavoces, pero en realidad su mente está en otra parte.
Unos calculando cuál será el siguiente movimiento de Blanco para colocar sus piezas en el tablero gallego. Otros sumando y restando irmandiños, quintanistas y upegallos, sin que les vea el compañero de pupitre, que puede haberse aliado ya con el enemigo. Por brillantes que hubieran sido Leiceaga y Aymerich, no habrían podido competir con la investidura bis.
Pocas veces unos portavoces de la oposición lo tuvieron tan difícil. Arriba y abajo, como faraones a punto de ser embalsamados, los dos protagonistas del bipartito. Fuera, un ministro desplegando sus fuerzas de acción rápida por los lugares estratégicos del poder. ¿Qué suerte le reserva el nuevo César a Leiceaga? No se sabe, pero su caso aún está pendiente de estudio.
Fuera también, la UPG construyendo el bunker que le permita resistir cualquier ataque. Aymerich no está invitado. A día de hoy es un guerrillero que osa alzarse contra el poder constituido, junto a un grupo de leales a los que Quintana sólo puede observar con lejana simpatía. En fin, es el otro portavoz en cuarentena.
Don't be cruel. La balada que Elvis dirigía a su chica sonaba al reinicio del debate para implorar a Feijóo que no se ensañara con rivales tan precarios. No practicó la crueldad. Se notó incluso un esfuerzo para dirigir el mensaje a la ciudadanía extraparlamentaria, en lugar de castigar a unos sparring que bastante desgracia tenían, como decía Pepe Isbert en El Verdugo hablando del condenado. Hicieron lo que pudieron, escarbando en la biografía del candidato para intentar confirmar la idea de que es un retorno, y no un comienzo. Es retorno lo que el nacionalismo pata negra pretende, y comienzo el que prepara Blanco con Vázquez y Louro, sus primeros caballeros de la Tabla Redonda. Dada esa situación de provisionalidad, ni siquiera se aclaró una de las cuestiones que quedaron abiertas tras las elecciones: ¿funcionará el bipartito en la oposición?
Hubo indicios para todos los gustos, pero el dúo no parece fácil de mantener. Sobre el viento y la lengua, esenciales en el alegato de Aymerich, pasó Leiceaga de puntillas. El nacionalista se sube al AVE, en tanto que el socialista acusa las contradicciones de su partido; aumentarán con las declaraciones del ministro que sitúan su culminación en el futuro indefinido.
El debate fue muy desigual. El candidato apoyado por las urnas, con un partido a la medida y unos parlamentarios fieles, frente a dos portavoces precarios, cuyo futuro político depende de inciertas circunstancias. Por culpa de un proceso de transición en sus partidos demasiado atropellado, ni Leiceaga ni Aymerich tienen detrás más que su indudable valía. Los suyos estaban pendientes de otras investiduras domésticas, de si los llamará José Blanco, o en qué va a quedar el big bang del BNG.
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