Lunes 22.12.2008
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AUNQUE nunca lo confiesen, quienes formaban la nutrida representación del PP, habrán tenido la sensación de asistir a la toma de posesión de un socio. Un socio más o menos fiel, pero no un compañero de partido. Baltar II dejó claro de dónde le viene el poder, a quién responde y para qué está al frente de la Diputación. No se debe a un partido sino a un clan, y, consecuente con ello, reclamó lo más parecido a la autoderminación. Si el modelo de aquel plan Ibarretxe era el llamado Estado asociado, ahora la fórmula se aplica a la corporación provincial.
Tal vez algún incauto pensase que, consumada la herencia, se mantendrían las formas. No ha sido así. El PP ha dejado crecer su Frankenstein particular, y ahora la criatura se mueve a sus anchas, rechaza cualquier subordinación administrativa o política y hace de Ourense una nación. He ahí, en el ourensanismo, la prueba que demuestra que el delfín no sólo se pertrecha de una tropa de fieles, sino también de ideología.
El mensaje de Baltar II no puede ser más claro: quien me ataque a mi, ataca a Ourense. Si alguien osa discutirle el poder o criticar sus maneras, estará ofendiendo a la provincia que se encarna en su persona. Ya lo hizo el padre. Con ese argumento a cuestas, Baltar I cimentó un feudo al que el fraguismo tenía que pagar un costoso peaje. Con esa cortada patriótica, el fundador de la dinastía intentó perpetrar un golpe de Estado contra un Manuel Fraga postrado y enfermo, que lo repelió en un arranque de coraje y lucidez.
Baltar I practicó con don Manuel un chantaje permanente consistente en mantener siempre la amenaza de la disidencia. Los diputados que enviaba el monarca al Parlamento residían en el PP, pero eran del baltarismo. Como los siervos de la gleba, no tenían acta ni tierra en propiedad. Todo pertenecía al señor, que a cambio les brindaba protección contra cualquier agresión política. Con la renovación popular, el feudalismo caducó en el resto de los condados, pero persistió en Ourense. Nunca se sabrá del todo si este anacronismo fue posible debido a la impotencia de los nuevos dirigentes del PP, o a su comodidad. O no se vieron fuertes para acabar con la servidumbre, o consideraron que era más barato aprovechar las rentas políticas del patriarca.
A la vista del discurso de Baltar II, parece claro que aquello fue un error. El bochorno de la sucesión, se une a unas palabras en las que el primogénito se expresa como un mero aliado. Las autoridades que ocupaban la primera fila del salón de sesiones, eran los mandatarios extranjeros que asisten a una coronación. Sólo fueron unos invitados en una ceremonia ajena, en un festejo meramente familiar, en algo que sólo atañe al padre y al hijo. Aquello es su casa.
Entre esas legaciones diplomáticas también se distinguía la figura de Diego Calvo y Rafael Louzán, presidentes provinciales asimismo, pero republicanos. Quién sabe si cuando lleguen a casa su hijo no les pedirá una Diputación.

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