Sábado 25.05.2013
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OÍ HABLAR del concepto de patologías virtuales, no hace aún muchos días; la recordé, después, mientras me devanaba los sesos pensando en qué centellas hacía yo delante del televisor viendo -visionando parece ser que se dice ahora- una película de esas de tres al cuarto; es decir, ni tanto so que no andes, ni tanto arre que no pares: una película capicúa, mala de los pies a la cabeza. Patologías virtuales, ahí es nada.
Se refieren a las que padece el ciudadano medio, oculto en su cubículo habitacional, en él encapsulado, convertido en un ludópata cibernético, adicto a la informática, amigo del sexo virtual y sometido por multitud de dolores articulares producto de su sedentarismo tanto como de la resignación que, a la postre, acaba invadiendo su cuerpo una vez debidamente abotargada su alma.
Wilhem Reich, el discípulo díscolo de Freud, descubridor de la energía oculta en lo que el llamó el orgóm, afirmaba que el cáncer sobreviene cuando se pierde el acceso a la esperanza. Hace muchos años di en pensar que el licenciado Alonso Quijano, aquel enamorado de la Dulcinea que habitaba en el Toboso, había muerto, invadido que fue antes su espíritu por la melancolía y la desesperanza, por ese cáncer que sobreviene así como lo avisa Reich. Recuerden como abandona Barcelona después de no haber participado en nada, sin haber deshecho entuerto alguno, ajeno a cualquier atisbo de esperanza. Pero antes de todo eso tuvo que leer cientos y cientos de novelas de caballerías.
¿Cuáles son nuestras novelas de caballerías? ¿Quiénes nos arrebatan no sé ya si la realidad o de la realidad? Desde que el mundo ha echado a correr, llevado de esta prisa que parece haberle entrado, camino de su consunción final, cientos de aventuras y de inenarrables episodios pululan por nuestro interior empujándonos el alma de aquellos recovecos en los que se nos había refugiado. ¿Se acuerdan de aquella pregunta terrible de nuestra primera juventud?: ¿dónde se esconde el alma, antes de abandonar nuestro cuerpo, dejándolo exánime, recuérdenlo, para ascender a los cielos o descender a los infiernos?
Hay una indefinible locura instalada dentro de nosotros, pero es de temer que ninguna consista en que nos creamos caballeros andantes, deshacedores de entuertos, enamorados como colegiales de un indefinible, de un intangible, inaprensible sueño llamado Dulcinea. Lo nuestro es otra cosa. Nos hemos convertido en hacedores de entuertos, en perros de presa de nuestras propias frustraciones, en doloridos artríticos del alma, poseídos, dominados y sometidos por patologías virtuales contra las que se empieza a sospechar que no exista vacuna alguna posible, así que resignación, hermanos.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

25.05.2013
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