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{ tribuna libre }

JOSÉ FERNÁNDEZ LAGO

Pepe de Muros

CUANDO UN VECINO de Santiago me preguntó el pasado viernes si conocía a José Marcelino Figueiras García, le respondí: "Claro que sí, Pepe de Muros". Yo me había hecho la idea de que le habrían concedido alguna condecoración. Era cronista oficial de su villa natal, y había trabajado en EEUU, donde comenzó sus estudios teológicos, antes de aterrizar de nuevo en su tierra. Ya en Santiago, ultimó lo que le faltaba para ser sacerdote, y recibió la ordenación.

Después de un intercambio de preguntas y respuestas con el amigo que me telefoneó, para salvar la distancia que nos separa, logré saber que la noticia no era precisamente buena. Pepe de Muros nos había dejado, sin esperanza de volver a verle. Durante toda la tarde no pude alejar de mi mente su figura: hombre afable, chistoso, gracioso, cordial, siempre dispuesto a servir… Tenía una memoria prodigiosa, y una envidiable facilidad para imitar a las personas. Pero sobre todo, estaba siempre dispuesto a acompañarte al hospital y a buscar la persona indicada para que te ayudara a recuperar la salud. Había integrado muy bien el mensaje de Jesucristo, de ayudar a los hermanos, como expresión de la fe que él mismo puso en nuestros corazones.

Confesaba a diario en la Catedral, siendo muy útil allí sobre todo a los peregrinos de habla inglesa, aunque también acogía franceses e italianos, pues conocía la lengua de ellos. Además atendía pastoralmente algunas parroquias, procurando más que nada el buen entendimiento entre las familias y entre todos los vecinos.

Recuerdo una ocasión en que oí a una profesional decirle a un padre que su hijo había roto la aorta, cosa que normalmente conduce de modo directo a la tumba; y que, si superaba aquella situación, cuando a los tres o cuatro días lo operaran, tenía un sesenta por ciento de probabilidad de vivir… Entonces le llamé a Pepe de Muros, para que entretuviera y alentara a aquel padre mientras no llegaba el momento de la operación; y, tanto lo animaba contándole anécdotas durante toda la noche, que, al ir yo a ver a mi amigo y paisano a la mañana siguiente, me lo encontré dormido…, necesitado de sueño.

En fin, muchos le llorarán, y otros ya lo estamos llorando. Desde luego algunos no dudamos que Nuestro Señor Jesucristo le dirá: "Estuve enfermo y me acompañaste al hospital y me procuraste la salud, presentándome a quien podía curarme…, porque, cuantas veces lo has hecho con uno de mis hermanos más pequeños, lo has hecho conmigo…". ¡Que el Señor le llene, pues, siempre y para siempre, de gozo y de paz!

El autor es canónigo lectoral

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