Martes 01.12.2009
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Tenía yo dos temas para esta semana: uno, las relaciones Iglesia-Estado, tan alteradas y tan fuera de contexto, gran asunto en todo caso; otro, este Sarkozy tan de moda, incluso para las revistas del cuore. Pero la radio del coche me da una noticia de mucho menos calado, pero tremendamente íntima: un alcalde de la provincia de Ávila, de avanzada edad, se muere mientras inaugura una obra. Este hecho hay que inscribirlo casi como un accidente laboral, aunque no ocupará gran espacio en los periódicos.
Valle-Inclán le decía a Belmonte cuando estaba en la cumbre de su toreo, en el que le disputaba al toro su propio terreno: "Juan, para ser un mito, sólo te falta morir en la plaza". A lo que el torero, en su línea senequista, contestaba grave: "se hará lo que se pueda, don Ramón". Belmonte, a pesar de intentarlo día a día, no murió en la plaza, sino de un pistoletazo que se disparó cuando no pudo soportar la vejez. Pero este alcalde, después de muchos años al frente de su municipio, murió inaugurando una obra a la que quizás le dedicó un esfuerzo de años. Pienso que si le dieran a elegir optaría por esta muerte, en pleno acto de servicio.
Quizás sea debido a una especie de deformación profesional, pero tengo que confesar mi debilidad ante los alcaldes de los pequeños pueblos, de esos burgos podridos tal como les llamaba Manuel Azaña. Estos alcaldes que nunca salen en la foto, que viven las miserias del día a día en un pequeño municipio son dignos de un tratado sobre la sociología del país. Churchill, que lo había sido todo en la política inglesa, confesó antes de morir que sólo no había sido lo más importante: alcalde de su pueblo. Confieso que la rápida noticia de la radio me conmovió en lo más íntimo y me hizo recordar a grandes y pequeños alcaldes con los que he convivido estrechamente a lo largo de años. Ante esta noticia, ¿qué importancia tienen los obispos en la calle o Sarkozy y Carla en el Egipto milenario?
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