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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Pijos rurales

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Su símbolo es el cochazo tuneado; su medio natural, las noches y madrugadas del fin de semana; su territorio, cualquier tramo de carretera secundaria que comunique dos lugares de copas. La edad es difusa porque su dependencia familiar se prolonga de forma indefinida. ¿Su ocupación? Ninguna, o alguna cosa eventual, casi siempre en negocios de la familia.

Es una nueva categoría sociológica que todavía no ha merecido el análisis de los especialistas. Es la forma que toma el desarraigo juvenil en la Galicia rural. Se alimenta con tres ingredientes: dinero fácil, desocupación y tolerancia resignada de los progenitores. La pasta llega de las pensiones de los viejos y los excedentes agrarios que el chaval funde sin compasión en el automóvil repleto de caballos y cilindradas.

La búsqueda de trabajo no supone una prioridad para quien vive cómodamente en la casa paterna. Padres o abuelos aguantan tras haber interiorizado un complejo de culpa que los lleva a transformar la severidad que ellos sufrieron, en una rendición incondicional ante los caprichos del muchacho, que quizá intentó estudiar algo en la ciudad, o lo sigue haciendo aunque no sepan muy bien cómo lo lleva.

Ocurre además que, una vez traspasado cierto umbral, el hábito de trabajar se hace difícil de recuperar. Los pijos rurales, consecuencia de las ruinas de la vieja Galicia campesina, no son los rebeldes sin causa, que también tenían como símbolo el coche, sino algo peor. Más que rebeldía, hay un nihilismo primario que por desgracia a veces acaba en la cuneta.

Tras muchas de las tragedias del fin de semana está este tipo de joven. Antes de que sus biografías se desvanezcan, nos enteramos de detalles que van confirmando su pertenencia a esta categoría. Son detalles que encajan también con el principal sospechoso del asesinato de Laura Alonso, versión moderna del personaje fachendoso que se pasea por los Gozos y las Sombras rompiendo corazones y vidas.

Torrente Ballester refleja en la obra los cambios sociales en la Galicia vilega de esa época, el choque del nuevo rico con el poderoso venido a menos. De tener que hacer una adaptación, habría que introducir esta figura nueva del hijo o nieto inadaptado, principal beneficiario de la mejora del nivel de vida en la Galicia rural de los últimos tiempos, que hace desaparecer el millón de vacas del amigo Rivas, para que aparezca en su lugar el millón de coches.

Late en todo esto la sensación de que una parte de la juventud ha levantado a su alrededor un muro inexpugnable, que el adulto sólo puede pasar para depositar su contribución, con la esperanza de que el vínculo no se rompa definitivamente. Padres, educadores, líderes, todos los que en otro tiempo tenían algún tipo de influencia, están fuera de juego y perplejos.

Esa perplejidad llega a un medio como el rural que parecía sumido en el conservadurismo. Pero también ahí las jerarquías familiares han caído al mismo tiempo que los fundamentos de la sociedad campesina, y el progenitor es un general degradado que no sabe cuál es su papel en relación con su hijo. ¿Padre, amigo, rehén?

En Toén hay dos familias situadas a ambos lados de la tragedia que se estarán preguntando en medio del dolor si pudieron haber hecho algo que impidiera lo que sucedió. Seguramente no. No es fácil proteger a los hijos en una cultura que primero los endiosa y los deja después a merced del peligro, para que los lloremos.

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