Lunes 22.12.2008
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CUANDO uno se ha introducido por poco tiempo en la política activa, ve de la acción política lo mejor. No quiere ver la cosa menuda, pequeña, mezquina de todo lo que, sin embargo, se relaciona con el poder político, y que es degradante. La inmensa mayoría de los ciudadanos que no han tenido la "suerte" de vivir esta experiencia, sin embargo, algo de ello no se les escapa en cuanto la percepción muy negativa que tienen de nuestros dirigentes políticos, según demuestran una y otra vez todas las encuestas de opinión. Por lo que hace muy bien Mariano Rajoy y todo su equipo directivo nacional en pedir ayuda al Apóstol, porque si no quieres que la política sea peor de lo que es, tienes que actuar. Y eso implica, como decía Max Weber, vender el alma al diablo.
La política no es para los puros ni los santos aunque se escenifique en el recinto sagrado de la Catedral de Santiago. La genial pluma de Francisco de Quevedo dio a la luz en el año de 1619 la obra Política de Dios y Gobierno de Cristo", un tratado político, motivado por sentencias evangélicas, en el que el clásico expone la doctrina que debe seguir un rey justo, sin intrigantes ni malas influencias. Sin embargo, ni siquiera por aquel entonces el arte de la política destacaba como actividad noble y desinteresada, si reparamos en lo que poco antes Maquiavelo había escrito en las páginas de El Príncipe.
Y es que, queridos lectores, la política es fieramente humana. Es una predisposición que nace de una legítima ambición del ser humano para transformar la realidad al servicio del bien común y de los ciudadanos, dentro del juego de mayorías y minorías que imponen la reglas democráticas.

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