Domingo 05.09.2010
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Fue Kennedy quien dijo que las victorias tienen muchos padres, mientras que las derrotas son huérfanas. En estas elecciones ocurre sin embargo lo contrario, porque no es necesario hacer la prueba de la paternidad para señalar al único progenitor de la concluyente victoria del Partido Popular. Se llama Núñez Feijóo.
Algunos dirán que la crisis hizo que el centro-derecha renaciera de sus cenizas para volver a hacer su nido en la Xunta. Tienen parte de razón. Tampoco irán descaminados los que piensen que la incapacidad del bipartito para ser una coalición como es debido, le dio un plus al PPdeG. No es difícil compartir la idea de que una normalización idiomática mal planteada ayudó a don Alberto. Todo eso es verdad.
Pero ninguno de esos factores hubiera sido suficiente para derribar a un poder que tenía todos los mecanismos en sus manos. Administración autonómica, los concellos más importantes, la mitad de las diputaciones, y por supuesto, el Gobierno central. Frente a ese monstruo, Feijóo parte como un pobre franciscano errante, obligado a partir de cero, o menos cero.
Su Empezamos es literal. Pocos en su lugar habrían sido capaces de otear en el horizonte de hace cuatro años la victoria que se acaba de producir. Feijóo era el chico de Misión Imposible, sólo que sin los artilugios que generosamente le proporcionan a Tom Cruise para que se luzca. Renovó, limpió, infundió esperanza y cambió la imagen de partido-abuelo por otra urbana, moderna y audaz, con la añeja dialéctica de boinas y birretes superada.
El PP que se fue del poder llevaba bastón, estaba cansado, le pesaba el Prestige y no había sido capaz de ponerse al ritmo de la sociedad que había contribuido a crear durante no sé cuantos años. El PP que llegó ayer se puso vaqueros y logró arrebatarle la idea del Cambio a una izquierda que desperdició los evangélicos talentos.
Ni siquiera vale la disculpa de la poca participación, aliada de los conservadores, según se nos decía con terquedad. Hasta ese tópico se rompe, haciendo más amarga todavía la derrota de socialistas y nacionalistas, que ven además cómo su gestión municipal es electoralmente contraproducente. La derrota de ayer no es huérfana, sino que tiene dos nombres y dos apellidos.
Sobre O Presidente que deja de serlo se abre una enorme interrogante, que se agranda tras haber personalizado al máximo la campaña. Su entorno se empeñó en creerse la ilusión de que su carisma superaba los límites del partido, y el resultado de tan torpe apreciación es que se va sin haber ganado nunca unas elecciones.
Quintana protagoniza una aventura en pos de la moderación y el encuentro con sectores poco afines al nacionalismo. Pero la aventura se trunca y puede dejar paso a la tentación de volver a las esencias originales del BNG. Los romanos derrotan a Espartaco, que ahora tendrá que vérselas con los otros gladiadores esclavos que desconfiaban de las buenas maneras.
La gran equivocación de ambos, aparte de su aversión a presentarse como pareja, fue pensar que el Partido Popular había pasado en Galicia a la condición de residual. Como en Cataluña o el País Vasco. Sólo en las encuestas que intoxicaron a los líderes se reflejaba tal cosa, mientras que en la sociedad la fuerza de los populares permanecía intacta. Como la princesa del cuento, sólo necesitaba el príncipe que la besara y le dijera Empezamos. Se llama Alberto Núñez Feijóo y no es de sangre azul.
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