Lunes 22.12.2008
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La reportera Samanta Villar ha sido, al fin, exonerada de toda culpa en el asunto ese de los hierros. Ya saben: en uno de sus docu-realities, o lo que sean, titulada Vida en una chabola, la periodista, junto a otras personas del poblado sevillí del El Vacie, transportaba unos hierros en una furgoneta. Tras la emisión del espacio fueron acusados de robo, pero ahora el juez ha decidido sobreseer la causa. Imagino que Samanta se habrá quitado un peso de encima.
Siempre pensé que el programa de Samanta, que ya glosamos aquí, tenía su riesgo, sobre todo porque la reportera lleva el mimetismo con ciertas situaciones vitales hasta el extremo. Aún recuerdo su primer programa, de homeless, viviendo en los cajeros automáticos. No es raro que un periodista se haga pasar por un indigente, en plan vivir en directo la vida dura y luego contarla a sus expectantes lectores. Pero Samanta Villar multiplicó sus experiencias, aquí y allá, y seguro que aún quedarán más entregas (entrega, desde luego, no le falta). Hasta que llegó el día en que decidió compartir su vida con los chabolistas del asentamiento de El Vacie, ya digo, y los hierros se cruzaron en su camino. Que conste que, en plan compensar, Samanta también ha estado viviendo los 21 días de rigor a todo tren, salvo que yo haya soñado ese programa. Y es lógico: en esto del docu-reality, mucho mejor compensar unos programas con otros.
A esto que hace Samanta se le puede llamar televisión de riesgo. No es la única en ese desempeño. Lo de Calleja, lo de Al filo de lo imposible, lo de los tertulianos, por no hablar de los programas de cotillas, todo entraña su riesgo. Tal vez nos tomamos la televisión demasiado en serio. Habrá que quitarle hierro al asunto.

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