Martes 17.06.2008
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El presidente de Fenosa no ha hecho más que aplicar a su empresa la teoría del voto emigrante. De acuerdo con ella, basta con que un elector residente en Buenos Aires tenga una lejana raíz galaica, para que pueda participar en nuestros procesos electorales. No importa que no tribute en Galicia, o que tenga con ella un vago vínculo sentimental. La raíz es suficiente.
Pedro López Jiménez aprovecha el precedente en beneficio propio. Preside una compañía que emigró de aquí y cayó en manos de capital foráneo, tras una batalla que perdieron los empresarios gallegos, en una especie de Medulio energético. Una pena, pero nada que objetar al tratarse de una vicisitud de la economía de mercado.
El caso es que esa niña llamada Fenosa, nacida aquí y criada entre nosotros, gracias entre otras cosas a la explotación de recursos autóctonos, se va, vive su vida en los madriles, y alterna con la flor y nata del capitalismo hispano e internacional. Los gallegos, que somos sentimentales de más, lloramos la pérdida, pero enseguida se nos dijo que las empresas de ahora, como los obreros de Marx, no tienen patria.
Salieron sesudos gurús a instruirnos en una economía apátrida en la que las Fenosas del mundo circulaban sin DNI. El mismo López Jiménez se mofó un poco de la idea romántica de compañías con denominación de origen. Resulta que hablar entonces de raíces era algo paleto para los defensores del internacionalismo empresarial.
Ahora no. Emulando a Kunta Kinte, don Pedro escarba en los orígenes galaicos de Fenosa, lo cual sería de verdad conmovedor, si no fuera por el momento elegido para el hallazgo arqueológico. El repentino recuerdo de los antepasados se produce cuando la administración se dispone a repartir el oro eólico que atesora el país.
Esa raíz ya bastante reseca le vale al presidente de Fenosa para reclamar una cuota importante de ese recurso. Es decir, que la teoría de las empresas sin patria queda abolida. Del cosmopolitismo que se predicaba cuando Florentino Pérez logra el control de la compañía fundada por Pedro Barrié, se pasa ahora al nacionalismo, que ya ni es de tronco, ni de ramas, sino de raíces. Es asombroso ver ahora a López Jiménez haciendo planteamientos radicales, dicho sea en el sentido etimológico del término.
En definitiva, la simpática argumentación es una fiel traducción de la que sirve de base para el voto emigrante. Lo que vale es la raíz, aunque esté oculta o sea un leve recuerdo. Al descendiente de gallegos de la diáspora le damos un trozo de soberanía política aunque no aporte nada. De la misma forma, el presidente de Fenosa quiere un trozo de energía ventosa, como compensación a unos orígenes que quedaron borrados por el tiempo y los cambios accionariales.
Tal vez uno de los problemas ancestrales de Galicia haya sido el valorar más la raíces que el tronco y las ramas. La Fenosa primitiva que dio lugar al condado más merecido y peculiar de la aristocracia mundial, tenía las tres partes del árbol en el país, mientras que la de ahora ha dejado sólo un bello recuerdo en el que se mezcla el triunfo y el fracaso del capitalismo autóctono.
En esa última batalla perdida se nos dijo que no importaba la nacionalidad, pero después vimos a la señora Merkel defendiendo a E.On, a Prodi sacando las uñas por Enel y a Sarkozy haciendo de director general de Edf. Ahora nos viene López Jiménez ataviado de gaiteiro acordándose oportunamente de la raíz. Si la encuentra, se la puede llevar porque no es comestible.

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