Lunes 22.12.2008
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PASÉ en coche por delante de él y quizá no me haya dado tiempo admirarlo bien; mejor dicho, a mirarlo con la requerida parsimonia, a verlo con detenimiento y precisión, de forma que mi juicio no deviniese en lo apresurado que se lo voy a ofrecer, no por nada, sino porque concluyó con esa rapidez automo-
vilística y moderna con la que ahora se produce todo, hasta los edificios y también las hamburguesas. También las demoliciones y las nuevas fábricas que sustituyen a loes edificios demolidos. Hablo de esa rapidez, un poco atravesada que ahora me obliga a opinar sin tener una certeza absoluta en lo que digo. Por eso me abstendré de citar la marca comercial de uno de esos productos de comida rápida que se anuncian en las cercanías de la marina coruñesa, justo en esa valla que contiene la publicidad que motivan estas líneas. Advierto todo esto porque es posible que me equivoque en lo que voy a decirles. Aunque crea que en el fondo tengo más razón que un santo.
En las cercanías de esa marina hay un anuncio que advierte que, a menos de cien metros de allí, se descubrió ¡un puerto! Es decir, que hay gente que afirma haber visto un puerto, por allí cerca, enfrente mismo del cantón y el obelisco tan definitivamente coruñeses, quién lo diría, después de tantos años. Y es que a unos escasos metros de ellos está ese puerto. Gran sorpresa. Un puerto que nadie ve, no puede, pero que está allí, contra toda sospecha, desde hace años.
No me extraña, lo hay. Fue uno de los puertos más hermosos que existieron, este de Coruña, el mismo que ahora permanece oculto y siempre a punto de ser descubierto, por quienes nunca lo vieron, al tiempo que siempre extrañado por quienes lo mantienen vivo en el recuerdo. Tenía una estación marítima digna de ser conservada, un edificio que no tapaba el mar y no ocultaba ese puerto que ahora dicen haber descubierto al lado de unas hamburgueserías. Cercanos a la estación marítima que se dice, había algunos otros edificios hermosos. Todavía permanecen unos pocos; sin embargo, no pueden ser contextualizados como antes porque, en donde estaba la estación marítima, han levantado unos edificios para que la gente vaya a unos multicines, ahora, cuando la gente ya no va apenas al cine, y si a gastar más en hamburguesas, en palomitas de maíz y en comida rápida y otros inventos relacionados con las lombrices rojas de California, las cochinillas de la humedad y algunas sofisticaciones más que mejor es que no vengan al caso, que en la propia película. Así que ya saben, si van a Coruña, oriéntense por el anuncio para hallar el puerto que algunos aseguran haber visto. Nadie les culpará si, como don Vicente Risco, al contemplar lo hecho con el retablo de la Iglesia de San Pedro de Allariz, exclamó en medio del pasillo, estando en misa de doce: "me-cagho-na..." antes de darse la vuelta y pensárserlo mucho antes de volver a entrar en ella. Pero vuelvan a Coruña, pese a todo, la ciudad sigue siendo muy hermosa.
Escritor. Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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