Lunes 22.12.2008
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Múltiples son los sistemas electorales que se practican en las democracias y todos son imperfectos, pero hoy ya podemos decir que el vigente en España, que adoptó la ley D'Hont, es de los más malos, pues ha desvinculado al elegido de su electorado por virtud de que las listas son cerradas y bloqueadas. Una perversión del sistema. Hemos convertido la democracia en una partitocracia, con lo que ello conlleva de desfiguración de la voluntad popular, ya que los diputados no dependen realmente de sus electores sino del cacique político de turno que los ha puesto en las listas. El poder político de los partidos se ha hecho omnímodo y tiende a invadir todos los resortes y teclas del Estado. De aquí la importancia de la reforma de la ley electoral para todo propósito de regeneración política. Hay que empezar por eliminar esta anomalía de las listas cerradas y bloqueadas, inexistente, que sepamos, en los demás países europeos. Oportuna, pues, la propuesta de Núñez Feijóo, que confiemos figure en el programa electoral del PP, aunque el ideal sería un pacto desde ya con el PSOE sobre la cuestión, verdadera covachuela de la corrupción rampante. Cumplido este objetivo, la regeneración política vendría rodada, empezando por la devolución al Poder Judicial de su total independencia, lejos de la influencia de los partidos, en una correcta lectura e interpretación del art. 122 del texto constitucional. Y en esta línea de principio, todas las demás instituciones del Estado, en las que la política debe estar presente sólo lo justo y necesario, para terminar con la reforma de la Constitución y darle al Senado un auténtico contenido competencial como cámara de representación territorial, amén de reconsiderar todo el sistema autonómico. Lo que el país no soporta por más tiempo es que sigamos en la inanidad, mareando la perdiz, sumidos en el pesimismo, sin nervio ni ilusión ni esperanza en un futuro mejor.

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