Lunes 22.12.2008
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Un día, la lotería de Navidad dio con el personaje perfecto: Clive Arrindell. Lo mantuvo durante algunos años. Componía una metáfora tierna y mágica de la suerte y funcionaba de maravilla. Los calvos siempre han tenido algo de mágicos, y lo digo yo, que no lo soy (que no soy calvo, digo; ni mágico, seguramente). En los equipos de fútbol suele haber muchos calvos (pelados, en realidad) y sus compañeros besan sus calvas con devoción y esmero, como si fuera un rito preparado en el vestuario, como si hubieran constatado que besar el cráneo del delantero o del defensa pelón te llevará, inexorablemente, a la victoria. No sé cuántos cráneos pelados habrán funcionado como talismanes. Quizás una multitud.
Arrindell traía el éxito. Sus anuncios eran maravillosos: jugaban con su aire misterioso, con su exotismo místico, y con su inextricable capacidad para convertir las bolas en millones. Tal vez, en nuestro cerebro, su cabeza no era otra cosa que la metáfora de la gran bola premiada: ya saben cómo es la psicología. Los publicistas saben mucho de eso. Él jugaba a sembrar la fortuna por la ciudad, como un sembrador de estrellas. Ayer volvió de repente. En los telediarios, Arrindell salía por las calles de Bilbao, promocionando el comercio de la ciudad. Lo logrará, porque es un personaje muy positivo, y la gente quiere a los optimistas, no a los cenizos, que tanto espacio tienen ya en la televisión. El calvo de la lotería no se puede separar de su personaje. Haga lo que haga, es él: el calvo. Un día TVE se olvidó de él, quizás porque consideró que su magia estaba agotada. Pero ya ven, ahora en Bilbao lo recuperan. Me alegra: siempre me pareció un tipo creíble. Más que tener millones, lo verdaderamente mágico es tener suerte. No salga sin ella.

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