Lunes 22.12.2008
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Tiene mucho sentido que el PSdeG y el BNG escenifiquen una buena predisposición entre ellos a la concertación política, independientemente de que no se trate de conformar una alianza y cada uno preserve su autonomía de decisión. Algo, por otra parte, obvio. La primera consecuencia de esos acuerdos contiene algo de mayor enjundia que lo de que los nacionalistas accedan a un puesto en la Mesa del Parlamento.
A efectos de imagen y mensaje, la presencia en la Mesa de Anxo Quintana, ex vicepresidente de la Xunta, tiene más importancia que la silla que ocupa en la parte prominente del hemiciclo. Esa zona entarimada donde la perspectiva permite guardar una necesaria distancia con el territorio comanche y no estar en permanente estado de zafarrancho de combate. Porque pese a los malos resultados cosechados el pasado 1 de marzo, Quintana sigue siendo igual de joven que era hace un mes y sigue teniendo un futuro político por delante: cuenta con tiempo para reflexionar, madurar con la acidez la derrota, y remodelar la arquitectura de un proyecto que ha fracasado por los errores cometidos y porque, quizá, no tuvo tiempo de consolidarse, y fue ayuno en perspicacias y magro en detalles que hubieran aplacado el descontento de los agraviados y no recompensados.
Socialistas y nacionalistas tienen cuatro años por delante para demostrar que, lejos de romper, los puentes han sido reforzados mediante una inteligente colaboración en el trabajo parlamentario. Hay toda una serie de leyes en las que los que fueron socios del bipartito pueden dejar constancia de cómo dos culturas políticas distintas son capaces de establecer consensos que luego serán trabajo adelantado.
El inicio de la nueva legislatura se presenta especialmente complicada para socialistas y nacionalistas, obligados a afrontar sus respectivas catarsis internas. Una legislatura en la que, además, los ganadores no han dado muestras de querer ayudar a cicatrizar las heridas provocadas en los perdedores por una de las campañas electorales más sucias que se recuerdan en Galicia. Antes al contrario, en todo el mes de marzo han mantenido encendida la mecha de la confrontación.
Presumiblemente, los populares no desaprovecharán la oportunidad de intentar romper a la oposición y seguir con su estrategia de enfrentar a los socialistas y a los nacionalistas. El PPdeG es más que un partido, es una insaciable maquinaria de poder que, como ha resaltado su líder, ya lleva desde el pasado 2 de marzo trabajando para ganar las próximas elecciones. Lo cual explica perfectamente ciertas prisas por controlarlo todo.
Los ánimos están caldeados, y Pilar Rojo no lo tendrá fácil, pero tampoco lo tuvo fácil su inmediata antecesora en la presidencia de la Cámara, Dolores Villarino, que al poco de ocupar el cargo hubo de enfrentarse a episodios tan lamentables como que un ex conselleiro popular encabezase una manifestación de protesta que pretendía entrar por la brava en el Parlamento. Con el tiempo la cosa mejoró, y doña Lola será recordada como una presidenta activa, que abrió la institución a la calle y la sacó de su ensimismamiento.
Que una mujer suceda a otra mujer en la presidencia del Parlamento tiene bastante más importancia de lo que parece: consolida el avance obtenido en ese larga lucha civil por una igualdad de género efectiva.

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