Lunes 22.12.2008
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Escribo desde Guadalajara, la que está en un llano; ya saben, México en una laguna. Toca Madera. Al venir en taxi desde el aeropuerto, el taxista advirtió, con sabiduría antigua y contrastada, puro conocimiento empírico, que el mejor tequila es el mero tostadito. El llamado Pueblo Viejo, por más datos, tostadito y reposado, que ni dolor de cabeza, ni nada, como otros que no más te dan en la mera madre para que no los olvides nunca. ¡Ay, Jalisco, no te rajes! Me sale del alma el contarles lo que les cuento, casi no más que aterrizado.
El taxista era un hombre sabio. Informó de que las jarochas siguen siendo guapas, allá en su estado jalapeño; que las culiches no tanto, allá por el Torreón-Coahuila al que tanto le deben Voces Ceibes, aquel invento antiguo que todavía colea; que las tapatías, ay, no más que por aquí, pos basta con verlas? para deshacerse en suspiros, qué quieren que les diga, un manantial de belleza; que es expresión de cualquier poeta tornasolado y algo dado a la melancolía, a fuerza de no comerse no ya una rosca sino un taquito con guacamoles.
Según el taxista, Guadalajara tiene seiscientos mil habitantes; pero que si se cuenta el lucerío entero que se ve, no más vienes del aeropuerto en plena noche, ay, entonces, con el lucerío, se va a siete millones; incluidos los del DF que se vienen para aquí, pos nos más parece que a molestar, el auriga dixit. Una especie del Vigo-Pontevedra de antes de la autopista.
Ya por la mañana, a visitar la FIL. Pero el taxista ya fue otro. Lástima. Aquel tenía su facundia oratoria, su alegría de vivir, parecía la letra de una canción de Julio Iglesias cuyo título ignoro, en la que habla de que le gustan el vino y las mujeres. Salir del hotel es como vivir una película de acción. Todo el mundo, en él, quiere decirse casi todo su personal, anda con el pinganillo ese en la oreja y un micrófono escondido en el cuenco de la mano, para cruzarse consignas sin descanso, que si el A5 sale y el 283 tiene un 904 en el sector 5º y cosas así, de forma que cuando llegas a subir al taxi y este echa el motor a andar no sabes si llegas o si te vas ni cuál ha de ser la secuencia que continué. Conozco a más de un amigo de tener escoltas y personal de seguridad que se sentiría feliz viviendo así como esta gente vive. Con todo, Guadalajara es una ciudad segura, afirman. Todo estriba en no parar taxis por la calle y servirse de los de los hoteles, los que llevan escrita la palabra 'Sitio' seguida de un número. Ir en los otros puede suponer cualquier barbaridad, como que te roben o te maten, acaso que te violen. Eso afirman. Yo cogí un taxi de esos, antes de saber esto que ahora sé, pero ni me robaron, ni me mataron y ni siquiera se me insinuaron lo más mínimo. Créanme que no lo lamento lo más mínimo.

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