Viernes 19.03.2010
| Actualizado 20.16
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He aquí un escritor que nos deleita en gallego y castellano, con obras que pueden adquirirse en las librerías en ambos idiomas, y películas que se ven en las dos lenguas. Es, en fin, un escritor bilingüe, que sin embargo ha decidido festejar el 17 de Maio con un ataque al bilingüismo y a las asociaciones gallegas que lo propugnan.
Lo ha hecho en compañía del máximo representante de la Mesa que se dedica a perseguir los pecados de pensamiento, obra u omisión que se perpetran contra la lengua. Al parecer, lo que en principio fue un día de exaltación del idioma gallego, ahora se quiere transformar en auto sacramental contra enemigos que muchas veces son supuestos. Es como si algunos necesitasen encontrar herejes para afirmar su fe.
Que esto lo haga el mesócrata, es congruente con su trayectoria. Su pureza de lengua no tiene duda y no se le conocen devaneos con el castellano. No estamos ante el típico fariseo idiomático que exhibe un comportamiento oficial y otro privado, ante un judaizante de las palabras que se las da de cristiano viejo, sino que se trata de un fiel observante del dogma.
Pero el escritor que lo acompaña es bilingüe, como lo atestiguan sus estupendos artículos en la prensa madrileña. Ese bilingüismo, por más que se practique sin salir del todo del armario, debería llevarlo a ser más tolerante con otros gallegos menos famosos que lo defienden. En vez de hacer eso, equipara la reivindicación del bilingüismo con una antipatía contra el gallego. Hay resonancias de aquel Giménez Caballero que tildaba de anti-españoles a los catalanes que después de la guerra pedían con discreción bilingüismo para su tierra.
El escritor no aporta ningún documento de Galicia Bilingüe y asociaciones parecidas para apoyar su afirmación. No puede. Lo que hacen estos bilingüistas militantes, por cierto sin el respaldo institucional de la Mesa, puede gustar o no, parecer más o menos oportuno o exagerado, pero no hay forma de encuadrarlo en esa antipatía.
Si odian el gallego quienes piden bilingüismo, también lo odiarán los que como este literato lo practican con naturalidad, permitiendo que su prosa sea saboreada por diferentes ciudadanías idiomáticas. Es obvio que a nuestra gran pluma nadie puede achacarle animadversión alguna contra la lengua propia, pero tampoco a quienes piden que el bilingüismo social se lleve normalmente a todos los ambitos del país.
Los que somos trabajadores manuales echamos de menos una intelectualidad galaica capaz de salir de los armarios en los que determinados santones culturales se han metido. Fuera de ellos hay un debate sano sobre la lengua, una terca realidad lingüística, una inquietud en algunos sectores, y todo eso se quiere tapar con el pensamiento único y la hipocresía institucional.
¿No es una buena prueba que un enorme escritor bilingüe comparezca con motivo del Día das Letras para hacer un juicio de intenciones contra los que propugnan el bilingüismo? Lo es, pero esa esquizofrenia entre lo que se hace y lo que conviene decir en materia idiomática es más fuerte que el impulso de ser sinceros.
Es una pena que esa energía acusatoria no se emplee en la reflexión. Porque algo se estará haciendo mal en Galicia cuando a esos autos sacramentales que organizan las brigadas político-lingüísticas ya no se lleva a Madrid, al centralismo, a Franco y demás, sino a gallegos discrepantes. Ahora resulta que el enemigo es doméstico. Más que vencerlo, habría que convencerlo.
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