Jueves 18.03.2010
| Actualizado 20.36
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Escribía Gil de Biedma, en una época triste y ya lejana, sobre el "vivir en un viejo país ineficiente,/ algo así como España entre dos guerras civiles". Pues bien, yo estoy satisfecho de vivir en un moderno país que funciona y en un largo período de paz, aunque sólo sea por contradecir a Hegel, que creía que las épocas felices eran como una página en blanco en el libro de la historia.
No hablo de la sanidad como servicio u organización, sino del personal que la sirve y, para concretar más, de los facultativos de diversa categoría que trabajan en el hospital de Monforte; uno tiene que hablar de lo inmediato y del servicio al ciudadano que lo necesita, porque los grandes temas confieso que se me escapan. Uno siente la sanidad cuando la necesita, cuando le duele y, porque me encanta hablar bien de la gente y resaltar lo positivo, tengo que escribir esta loa apresurada.
En días sucesivos, tuve que acudir al PAC y al servicio de Urgencias del hospital, acompañando a personas muy queridas. Había una especie de colapso por la gente que esperaba, pero, cuando tocó el turno, desaparecieron todas las prisas y todos los agobios. Una enfermera toma la temperatura, otra la tensión, otra pincha, pero no de una manera fríamente profesional y mecánica, sino con amabilidad y la palabra justa que alivia al enfermo mucho más que la pura medicina.
Unamuno decía: "No mires lo que te doy, siente el calor de mi mano al dártelo", y esa mi sensación mientras médicos y enfermeras trabajaban. Tal como dicen que está masificada la sanidad española y teniendo en cuenta el número de enfermos que cada médico atiende, es gratificante que, ante una indisposición a las cinco de la madrugada, aparezcan un médico y una enfermera en tu domicilio y que inmediatamente una ambulancia te traslade al hospital, donde te tratan con eficiencia y exquisitez. Entiendo que la sanidad española merece que le escriba agradecido.
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