Lunes 22.12.2008
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Quizá se entienda mejor el conflicto del metal si consideramos a los sindicatos como lo que son: empresas. Empresas del sector servicios, con un clientela que se tienen que ganar y una Administración a la que recurren como todo el mundo para sanear sus cuentas. Esta visión es menos romántica que la del Novecento, pero se adapta mejor a la realidad actual.
El sindicalismo ha gozado durante mucho tiempo de la simpatía espontánea de la gente. Representaba al desfavorecido en su lucha contra el poderoso, a la virtud del trabajo frente al pecado de la avaricia empresarial. Cualquier cosa que se hiciera bajo la bandera de un sindicato tenía presunción de inocencia, una idea a la cual contribuían dirigentes históricos como Marcelino Camacho o Nicolás Redondo, santos laicos de nuestra clase trabajadora. Ese afecto por lo sindical se pierde, a medida que las centrales se burocratizan y abandonan su interés por cultivar el buen cartel ante la sociedad. Al generalizarse la medida de presión callejera, la víctima ya no es el empresario, sino la población sometida a un estado de excepción que limita sus libertades elementales.
Pero, sobre todo, el sindicato se transforma en empresa. Compite con otras por el mismo mercado, tiene el equivalente a los ejecutivos y recurre a la publicidad directa para promocionarse. Quienes se preguntan por qué estas protestas tan convulsas se producen en sectores donde la situación laboral es mejor que en otros, tienen ahí la respuesta. El impacto publicitario, el escaparate, es mayor en el metal que en una solitaria empresa pequeña.
En fin, que sin salirnos del conflicto vigués, asistimos a la paradoja de que gran parte de las empresas afectadas, son menos empresas que los sindicatos. Ayer, por ejemplo, se llamó a la lucha contra las fontanerías, gremio en el que abundan como se sabe las multinacionales. Ni que decir tiene que el empresario que está al frente del taller con un puñado de empleados, se parece más al proletario del Manifiesto Comunista, que el líder de la CIG.
El agitador que arenga a los trabajadores y enardece a los piquetes, no se juega nada.Pase lo que pase, la empresa sindical estará bajo su control y seguirá disfrutando del amparo de la Administración, como un ente semipúblico. Sean cuales sean los atropellos de los piquetes, el demagogo tendrá inmunidad absoluta y hasta podrá permitirse el lujo de culpar a la Policía.
Su única preocupación empresarial será no perder clientela en favor de sus competidores, lo cual nos lleva a una de las claves de las movilizaciones salvajes. Zara compite con H&M; Seat, con Citroën y Renault, y Comisiones, con UGT y la CIG. Ninguna central se atreve a ser sensata, por miedo a quedar en evidencia ante los clientes. Unas empresas luchan con la política de precios, y otras con la barricada.
E igual que otras compañías, los sindicatos ofrecen productos de distinta gama. Así se explica que mientras en Vigo se volvían a producir todo tipo de abusos contra empresas y ciudadanos, en Santiago varios dirigentes de CCOO exponían un comedido plan de reactivación económica, que incluía la protección de las pymes, fontanerías incluidas, se supone.
Los viejos manuales marxistas hablaban de la lógica del beneficio empresarial, algo que ahora hay que aplicar al sindicato convertido en empresa. Nada queda del romanticismo rojo de Bertolucci. Hasta debieran estar en la CEOE.

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