Lunes 22.12.2008
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El debate sobre la fusión de Caixa Galicia y Caixanova presenta una ominosa falta de transparencia democrática, pues todavía es hoy el día que habiéndose confirmado por el jefe del Gobierno gallego que es su firme deseo que ambas entidades de crédito desparezcan para convertirse en una única caja, la Xunta no ha dado a conocer a la opinión pública los informes, con sus correspondientes datos, que fundamentan su posición.
Sólo el bajo nivel de exigencia democrática de la sociedad gallega y la fatal de masa crítica hacen factible que unos actores políticos, económicos y sindicales se arroguen una superior capacidad interpretativa de una operación financiera para la que ninguno de ellos está técnicamente mejor preparado que muchas personas de esa sociedad civil, a la que ignoran por el prurito de sentirse elites y asumir una representatividad delegada de una ciudadanía desinformada.
No es cuestión de pedir un referéndum ni cosa parecida, sino de reclamar el derecho a la información, parte sustantiva de las sociedades libres, bajo los principios de transparencia y libertad de opinión. Hay muchas preguntas que hacerse, pero por más sorprendente que parezca el debate en precario de la fusión de las cajas, la que mayores dudas acrecienta es ¿de quién son las cajas?
Por los mensajes intermitentes que han vocinado a la calle, da la impresión de que la unión de las cajas es una decisión del presidente de la Xunta, a la que ahora hay que revestir con el lenguaje correctamente oficial que corresponde al caso. Y eso alegra la pestaña del portavoz nacional del BNG, quien en un alarde de sinceridad ideológica suelta que los directivos de las dos cajas pueden opinar pero no decidir.
Quizá, entonces, lo que en verdad está planteando Guillerme Vázquez sea que, de la fusión de la cajas, salga un sucedáneo de una banca pública gallega, dirigida por unos funcionarios a las órdenes de la Consellería de la Xunta que entienda de ese asunto. Un planteamiento así nada tiene de progresista; al contrario, es caduco y deudor de un modelo de decisiones centralizadas, cuyos éxitos son bien conocidos.
Hasta donde hoy sabemos, las sociedades se mueven en red, y bien que lo entienden los promotores de los foros sociales. Esa nueva realidad, a la que no es ajeno el sector financiero, no se ha hecho más previsible y manejable porque se ha simplificado y desregulado en exceso. Por eso mismo, cabría esperar más prudencia y menos visión cortoplacista que aseverar con rotundidad casi teológica que uniendo las dos cajas e imposibilitando cualquier tipo de alianzas exteriores, se garantiza la viabilidad de una entidad de ahorro gallega, potente y capaz de comerse el mundo. Porque ese supuesto blindaje nada garantiza, salvo el tristeconsuelo de que su tumba siempre estará en Galicia.
Es no entender el tempo que nos está tocando vivir. Nada es estable ni nada es inmóvil. Pero no es resucitando viejos y fracasados modelos económicos, cómo se puede luchar contra la deslocalización y la bancarización de las cajas de ahorro. Que sean entidades semipúblicas o semiprivadas, no es tan importante como que estén en el corazón de la sociedad civil. Esa es su base social y ahí tienen muchas cosas que hacer y mucho a quien servir. Sean dos o queden en una, es ahí donde tienen un sitio garantizado.

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