Viernes 06.03.2009
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AL INMINENTE Museo de la Ciudad le han subido el techo con una claraboya, le han cambiado las tejas por una cubierta metálica y le han puesto puertas de acero inoxidable, como las de un aeropuerto.
Un vecino del casco histórico las pasa canutas si quiere mejorar su vivienda: funcionarios comineros le freirán con menudencias: el picaporte debe ser del siglo XIX, el piso de la vivienda de un pino de las quimbambas. Y las tejas, ¡ah, las tejas! ¡curvas y romanas! Eso le exigían a un propietario que encontró otras, ni curvas ni romanas, pero que estaban hechas en el pueblo de la funcionaria y, ¡oh maravilla!, pasaron de ser indeseables a ser monas y aceptables. Kleihaus puso cubierta metálica en el pabellón deportivo del Rosalía y en la inauguración subió al alcalde a la Vía Lactea y hasta el propio Xerardo Estévez se ruborizó por el ditirambo del arquitecto alemán (los demás ya lo estábamos). Mire la ciudad desde la Alameda. Verá que también le han subido la cubierta al insípido edificio de la Policía Nacional, con claraboya y cubierta metálica.
Hemos empleado siglos en amasar una ciudad adorable con unas renovaciones cautelosas y una ciudad vieja que enamora. Recibimos la ciudad como un legado para el mañana y andamos con tiento con las novedades.
Tenemos el Premio Europeo de Urbanismo (1997) y el Premio Ciudades Patrimonio de la Humanidad por alentar la conservación del patrimonio inmueble. Pero un arquitecto estrella levanta techos, embute aceros en Platerías y estropea el sutil perfil de la ciudad.
Pido que nos retiren esos premios y que al arquitecto figuras le pongan un mono de albañil y le obliguen a reponer las tejas, una a una, donde nos ha dejado su huella ominosa.
Profesor de instituto

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