Viernes 06.03.2009
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El hormiguero sí que es un programa educativo. Lo digo pensando en aquellos que quieren una televisión educativa a toda costa, como si el aparato fuera diseñado para eso. Pero lo mejor de El hormiguero (Cuatro) es el ejercicio físico. Los invitados acuden al plató sabiendo a lo que se enfrentan: con suerte, llegarán a sentarse. Lo cierto es que esa vitalidad le viene muy bien a la televisión, y más al prime time, donde siempre ha habido un exceso de sofás. El sofá ha sido útil televisivamente, pero también ha devenido en instrumento para el muermo y en herramienta muy principal de los cotillas. Un famoso sobre el sofá siempre es pieza codiciada.
Pero Pablo Motos, haciendo honor a su apellido, va como una ídem. Su vitalidad es real, no meramente verbal. Allí todo el mundo va y viene, rompiendo la quietud de esfinge de los telediarios, a su vez rota por la movilidad de los chicos y las chicas del pronóstico del tiempo, cada vez más perseguidores de la larga curva de las isobaras. Motos enseña física y química recreativas, junto a su colega Flipy, o magia con Piedrahita (física y química aún más recreativas): y todo ello a toda máquina. Ni siquiera los shows nocturnos pueden igualar tanto movimiento, tanta marcha catódica. Wyoming, que también ejerce en el prime time, apuesta por la quietud de mesa de oficina, aunque su verbo vaya, precisamente, como una moto. Buenafuente es de suyo tranquilo: Berto lo anima, si tiene la noche. Si no, los juegos son de palabras (que tampoco es moco de pavo). La agilidad verbal es propia de los mejores shows de humor: las tertulias de cotillas tienen su agilidad lingüística, pero es otra cosa. Y tienen sus sofás. Eso sí. El sofá que no falte.

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