HACE años aplaudí la coherencia personal y política que supuso el hecho de que, quien ejercía las funciones de presidente del Gobierno de España, cumpliendo la palabra empeñada en su momento, renunciase a presentarse a una nueva convocatoria electoral limitándose al ejercicio de dos mandatos tal y como había prometido.
Debí expresarme muy mal porque me llovieron críticas, algunas muy duras. Cómo era posible que, una persona como yo, alabase sin titubeos a una persona como Aznar fue la más recurrente. Cierto era (y es) que el ex presidente del Gobierno de España, aun sin conocerlo -lo que es una clara injusticia que yo cometo y de la que me acuso; más teniendo en cuenta que pude conocerlo y no quise- no me despierta excesivas simpatías personales, sino más bien ninguna. Y cierto es igualmente que tampoco comparto su modo de entender la política. Pero eso no implica que no se le pueda reconocer coherencia y bonhomía. O eso entiendo yo.
Hoy me hallo en un trance semejante. Esperanza Aguirre no me suscita excesivas simpatías. Ni políticas, ni de índole personal. Como en el caso anterior quizá ayude a ello su lenguaje corporal, eso que los judíos llaman shibolet y que no es otra cosa más que los códigos de identificación de clase y condición que en ellos dos se manifiesta de forma que, el difunto Gil y Gil, calificaría de ostentórea; o al menos, así yo los percibo.
Con todo y con ello, no puedo dejar de mostrar mi respeto por la dimisión con la que nos acaba de sorprender a todos, anteayer mismo, a mí mientras me disponía a ingerir un parvo menú a base de merluza y merluza solo. Menos mal que estaba bien cocida y no se me despertó la hernia de hiato. Hubiera resultado doloroso.
No son de considerar las razones que la hayan podido empujar a tamaña decisión. Ni tampoco pretender devaluarla recurriendo a razones médicas. Visto lo que llevo visto lo normal es que alguien, en ejercicio de su cargo, se deje ir hasta el final en razón de lo que todo ello significa. Así que, incluso tomada por ahí, su dimisión sigue siendo ejemplar en un país, como el nuestro, en el que el verbo dimitir es apenas conjugado.
No le aplaudo, pues, la decisión. Tampoco las intenciones que la hayan podido mover a ella, incluso si lo que pretende es salvarse de la quema y esperar mejores tiempos, le aplaudo el gesto y el coraje que tal gesto implica.
La pregunta, ahora, es a dónde se han de dirigir sus seguidores y también sus votantes, qué camino han de emprender o en el que han de mantenerse en el caso de no estar, o no querer estar, a la altura del gesto realizado por su líder. Pero eso no toca hoy. Eso lo iremos viendo poco a poco, o mucho a mucho, pues los tiempos que corren empiezan ya a acelerarse.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

20.05.2013
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