Viernes 06.03.2009
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Una vez, hablando en el Vaticano sobre asuntos de notoria elevación espiritual, un príncipe de la Iglesia, un cardenal, le comentaba a alguien que yo conozco que aquello -el objeto de su polémica- era algo todavía muy reciente y por tanto aún sin definir en la debida forma. Le argumentó mi pariente, con toda la ironía que pudo, que nada menos que trescientos años. El cardenal le respondió que efectivamente, trescientos años, muy poco tiempo todavía. Lo recuerdo y me atrevo a la presente expansión del ánimo, que no de otra cosa se trata, después de haberme estado concentrando en la lectura de un libro, pues para estos asuntos de la comprensión lectora conviene ser muy minucioso, de un libro, les decía, acaso novela, acaso otra cosa -una expansión del ánimo, por ejemplo- traducido del árabe por Myriam Fraile una vez que fue escrito por Salwa Al Neimi y decidió titularlo El sabor de la miel. Imagínense de qué miel se trata con considerar, tan solo, que el subtitulo es el siguiente. "¿Por qué una mujer árabe no puede hablar de sexo?". ¿Puede, o no? ¡Pues vaya si puede! A menos a juzgar por lo que cuenta doña Salwa. Menos mal. Hace muy pocos años, en el alto concepto que el tiempo le merece al monseñor del que hablábamos al principio, un prelado cuyo nombre debe permanecer tan oculto como el rostro de las mujeres del harén hace muy pocos años, todavía se discutió, supongo que con fervor extremo, si las mujeres tendrían alma o no. Se trataría de las mujeres de obediencia religiosa católica, apostólica y romana, porque en el caso de las seguidoras de Alah, según se puede leer en el texto del que acabo de darles todas las reseñas necesarias, excepto la de que es Emece la casa que lo editó y echó a la calle, en ese caso, el asunto estaba y al parecer permanece claro. Son muchas las citas que yo pudiera darles a este respecto del que hablamos pero me temo que pudiesen ayudar a malinterpretar no sólo la intención de Salwa Al Neimi, sino incluso la mía propia al hablarles de su libro. Así que no les voy a dar ninguna. O sí, voy a darles una, a propósito de si las mujeres gozan o no de alma, si aceptamos hablar en términos cuya esencialidad no compartimos, claro, pero que puede servir a los no tan irónicos intereses que me guían; ahí va: "El amor es para el alma, el deseo es para el cuerpo. Yo no tengo alma. Esta idea me obsesionaba antes de descubrir que hubo un tiempo que privó a las mujeres de tener alma". ¡Caray! ¿También allí? Luego nos preguntamos qué lodos explican estas aguas que quisiéramos sino puras sí, al menos, cristalinas, sin darnos cuenta del poco tiempo transcurrido desde que las invadió el lodazal para que así nos llegaran.

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